#DesdeMiVentanaVerde descubro cómo el agua del Carrizal de mi padre vuelve a mis ojos. Y no es el viento, no, el que me la trae de vuelta… Es la sal de la maresía, que escuece siempre, y me recuerda la tierra de la que vengo. Ser quien soy, en libertad alzada.

Amanece una vez más y ese velo pintado que cubría mi mirada, en los últimos tiempos, ya no está. Vuelve el agua a mis ojos desde el azul del mar que me invade, ellos mismos me la dan. Ellos nos dan el agua.

La voz se hace eterna en ellos, ambos, y la canción que seguía en mi interior, se escucha. Vuelve el agua a mis ojos.

Miré hacia adentro y guardé mis palabras. Abril y mayo no fueron castigo, sino un desierto de silencio a recorrer para el alma, la mía. Pasé por ellos con conciencia, y volví a nacer, con más luz que antes… Ahora sé que hay nombres que jamás querré volver a pronunciar.

Es más, también yo, estoy expresando mi voluntad. Hay nombres que jamás volveré a pronunciar. Lo sé. Y es parte de mi alegría. También.

Porque mi luz no molestaba a todos, no. Sólo incomodaba a quienes necesitaban la oscuridad para sentirse seguros… Todavía.  Pero elegí, pues había dejado yo de reaccionar entre tanto ladrido.

Había olvidado ser de aquí, y el verde de mi camiseta, rompiendo ese control de quien ya-no-importa-su-nombre creía tener sobre mí… Devorada mi calma hasta entonces, gota a gota, creía… Todavía.

Todavía se creía. Lo creía. Porque estaba. (Pero ya no era). Y la palabra, a salvo. Siempre.

Y era mi paz la que hacía visible su fragilidad, ésa de quien evidencia sobrevivir sólo en el caos. Y en las espaldas de la luz, en un garaje carente ya de sueños, confundió cercanía con dominio, pretendiendo ahogar mi voz, encerrada en mis propias palabras.

Impresas ya pero sepultadas, a la espera… (De qué, no sé). En páginas que hablaban del hombre de blanco abriéndose paso como un león, sólo con la fuerza de la Palabra, también él. Solo.

Porque la verdadera paz no viene de ser entendida por todos, sino de no dar explicaciones a nadie… La vida es una fiesta, no una feria, ni diez. Y todos los días son libro, no uno solo. Sólo uno, por más internacional que amanezca, se me antoja parco.

Para cuando decidí quedarme con la canción de Alaska y esquivar el drama, no dudó en intentar devolverlo a mi vida; pues era la fortaleza de esa calma mía, palabra a palabra, la que le recordaba que existía otra forma de vivir.

Quizá por ello, no celebró mi crecimiento. Porque había dejado de entender el habla en mis palabras. Yo no encajaba en sus viejos patrones, también en las espaldas de la luz de mis orígenes. Y tampoco yo lo pretendía. De evolucionar es el tiempo y yo estaba aquí para mostrarlo. (De-mostrarlo, en todo caso).

Para entonces, como diría Cortázar, yo ya me había vuelto fuerte sin perder la ternura de mi alma…

Y sin regalarle una sola palabra, me dirigí a él sin hacerlo, sola. Para sólo decirle que hacía una tarde que vale junios enteros, recordando aquella pregunta que Juan Jiménez le hizo a Antonio Padrón en un poema escrito, cuando se dirigió a un muerto.

También yo. Te pregunto si, también la ves en mí ahora en esta tarde (la tristeza), que ya no es mía, que ya no puede serlo, que no lo ha sido nunca.

Tampoco yo quiero robar nada que haga más grande este origen ni quemar los rencores totalmente, no. Acaso ya pasó el tiempo.

Añado pues yo, en esta tarde que también vale junios enteros, y en la que habité mi cuerpo, que no me perderé en la irrelevancia de quien se volvió irrelevante, así de oculto, en la caverna de las sombras donde ya sólo se tejen redes con maña.

De nuevo, alzo la mirada y en el octavo día, que recoja sus treinta monedas, pues somos más los que comemos de cinco panes y dos peces.

De mi madre, la luz. Y de mi padre, el verbo. De ambos, el viento pero sin agachadas.

Y el todo, en nuestras manos entrelazadas, con todo lo que venga. Desde el fondo del mar hasta el cielo, el sol y la luna, siempre llena, en el cuenco de ellas juntas; y los besos que riegan las flores de mi vestido, enredados en nuestros dedos.

Pues en cada paseo, la poesía sella nuestra certeza. La vida, nuestra.

Ya-no-importa-su-nombre. Y es parte de mi alegría.

NR: Este artículo se publicó inicialmente el 29 de junio de 2026.