Los 25 años de los atentados del 11S, acreditan que Al Qaeda, fundada por Osama Bin Laden, sigue operativa, lo que ahora ctúa cada vez menos bajo su propio nombre.
Después de la caída del líder, en 2011 en Pakistán a manos de Estados Unidos, Al Qaeda se reorganizó. La milicia buscó zonas donde establecerse de forma permanente, especialmente en partes de África y en Yemen. Las condiciones más favorables se encuentran en Estados con instituciones débiles, fuerzas de seguridad desbordadas y conflictos locales sin resolver, como Mali o Burkina Fasso.
Con el paso de los años, la estrategia de Al Qaeda también cambió. Pasó del ataque directo al denominado «enemigo lejano» (como fue en Nueva York), al fortalecimiento de estructuras locales.
En el Sahel, por ejemplo, forma alianzas locales, gana influencia dentro de las comunidades y controla territorios. Hoy la organización se enfrenta a la cuestión de si será capaz de reemplazar a su generación envejecida de militantes.
Eso es posible que la marca de Al Qaeda se está desvaneciendo progresivamente, especialmente en Europa, donde el yihadismo militante ha perdido atractivo. Sin embargo, las ideas yihadistas no han desaparecido; lo que ha perdido Al Qaeda es su antigua capacidad para movilizar a grandes cantidades de jóvenes.
El núcleo central de Al Qaeda es débil, pero sus filiales regionales no lo son. En particular, Al Qaeda del Magreb Islámico, JNIM, Al Shabaab y AQAP siguen siendo capaces de ejercer una influencia significativa aunque sus acciones tratan de pasar desapercibidas para la prensa occidental. Veinticinco años después del 11-S, Al Qaeda no ha desaparecido, pero tampoco es la organización que fue en el pasado. Ha perdido en gran medida su protagonismo en el escenario global y ha aprendido a sobrevivir a nivel local. No puede descartarse que Al Qaeda logre afianzarse durante suficiente tiempo en Estados débiles que le permita pasar de ser una organización terrorista para convertirse en un poder político y militar duradero.

























