Tumbas de Srbrenica, en Bosnia, donde fallecieron al menos 8.000 civiles. (Foto DW.com).

Srebrenica… De todo cuanto pasó antes del 5 abril de 1992 en la ex Yugoslavia, día en que Europa respaldó la independencia de Bosnia y Herzegovina, al inicio de la ‘Guerra de los Balcanes’, hace ya tres décadas, disponemos de un primer nombre propio…

El de Suada Dilberovic, una chica que marchaba en una manifestación contra la inminente guerra y que recibió una ráfaga de tiros por parte de francotiradores serbios. Fue la primera víctima oficial, comenzando así el asedio de Sarajevo, que duraría hasta el 14 diciembre de 1995.

Cercada por francotiradores, se vio privada del suministro de luz, agua, comida y hasta medicamentos. Sola y aislada, moría de hambre a las puertas del invierno.

Y así, en el corazón de Europa (otra vez), y en tiempos de ‘europeísmo’, con los ‘Juegos de invierno’ recién celebrados para el mundo, Sarajevo se convertía en el primer escenario bélico de esta guerra, pese a que el 35% de los matrimonios residenciados allí eran mixtos.

Sí, quizá no sea éste de los datos más relevantes, o más llamativos, pero sí que tal día como éste de la festividad de San Pedro entraban ‘los chetniks’ en Srebrenica, a un año del fin de la guerra y que en tiempos albergó un balneario famoso en la ex Yugoslavia.

Así gritaba la población civil musulmana que huía despavorida por las calles, intentando hallar refugio en la base militar de la ONU, comandada por soldados holandeses. (Y que no obtuvieron, dicho sea de paso).

Eran casi 50.000 seres humanos sitiados que asistían, en sus casas, al ingreso del general Ratko Mladic al mando del grupo paramilitar serbio  “los Escorpiones”. El resultado: la mayor masacre conocida en suelo europeo desde la Segunda guerra Mundial.

(Hasta ahora sólo se han encontrado los restos de 6.900 cadáveres de los 8.000 civiles, entre niños y hombres, dispersos en unas 90 fosas comunes distintas).

En aquellos días de 1995, el infame Karadzic declaraba sin pudor que los serbios tendrían motivos para sentirse orgullosos tras la guerra. Y sólo un año después su seguidor, Cvjetinovic, se atrevía a afirmar a los medios internacionales que no había fosas comunes en su territorio ni muertos entre los que se rindieron a la caída de Srebrenica

Aseguró impúdicamente “Mucho me temo que el dinero musulmán sirva para traer cadáveres de otros sitios y arrojarlos a los lugares que están excavando los investigadores internacionales”.

“La historia sobre los 8.000 ejecutados es un mito… ¡Verá cómo muchos de ellos resucitan para las próximas elecciones! Los musulmanes mienten siempre”.

Inaudito, cruel y, desgraciadamente, endémico. Y lo que es peor, podría calar peligrosamente como creencia en un sector de la población. Porque la negación de un genocidio es siempre una tentativa de confrontación futura.

La verdadera pus de una herida cerrada en falso, que trae los nombres de los muertos, uno a uno. Cada vez que se abre esa puerta, la verdadera paz salta por la ventana, porque aviva el sufrimiento de los familiares de las víctimas. Muertos y desaparecidos.

Joan Salicrú, en el libro “Bosnia, la guerra que no nos contaron”, desmonta estadísticamente con cifras que fuera una guerra de religiones o etnias, puesto que convivían todas sin fanatismos antes del conflicto. (Aunque sí lo hayan sido sus consecuencias).

Y resalta en un pasaje, tomando la voz del periodista bosnio Boban Minic, que los musulmanes bosnios eran eslavos con otra religión, en un tiempo en que las mezquitas estaban casi siempre vacías…

Que cuando los soldados serbios los convirtieron en víctimas y empezaron a llamarlos ‘turcos’, cuando tomaban las ciudades, se convirtió finalmente en una política de guerra eficaz.

Los jóvenes serbios que entraron en Srebrenica creían, realmente, que la reconquistaban y recuperaban literalmente a los turcos, sus enemigos históricos, y la devolvían al pueblo serbio. Así se los había dicho su general, Mladic.

Pero mucho antes de esas arengas, cuando en 1990 llegaban los primeros teletipos de la agencia yugoslava de noticias sobre una inminente guerra civil, y la población aún paseaba tranquila por las calles, ‘europeamente’ casi podríamos decir, nadie imaginaba lo que el poder era capaz de desencadenar en el corazón de Europa, sólo por perpetuarse en él.

Quizá sea ésa la conclusión más acertada tras la lectura del reciente libro de Joan Salicrú que, una vez más, nos recuerda lo inexplicable e increíble de una guerra tan cercana. En la distancia y en el tiempo, muy cercana, lo que se dice, un conflicto moderno aún por reescribir.

De nuevo… Como decía Pier Paolo Pasolini : «El mayor pecado contemporáneo es la indiferencia”.

 

(Libro: ‘Bosnia, la guerra que no nos contaron’. Autor: Joan Salicrú. Editorial: Apostroph’. Año: 2021).