Es en el Éxodo, uno de los libros del Antiguo Testamento, de liberación y de la Alianza por lo que en él se cuenta, donde sucedió… Y sin duda, también hoy allí, a la orilla del mismo mar, los hombres de tantas naciones han encontrado una salida. Tal y como, del griego, se traduce la palabra ‘ἔξοδος’.
Porque al romper de las olas del mismo mar de fuertes vientos, allí donde tantos otros fracasaron antes en la historia, Moisés separó las aguas del Mar Rojo con la ayuda divina. El viento sopló durante toda la noche y el mar, milagrosamente, retrocedió.
Divididas las aguas, todo un pueblo avanzó por la tierra seca… Y qué más da de qué nación, si avanzó hacia el futuro y la libertad, si dejó atrás la muerte para crecer desde a vida y la renovación. Y qué más da cuántos puntos tenga esta paz, sin son menos o son más, si tanta sanación emocional trae con ella.
Y así en un mar que es origen y es final, se halla la calma donde lo que estalla es la Paz, al fin. Curiosamente, del capítulo 13 al 17 del Éxodo se narra el viaje desde Egipto hasta la Tierra Prometida, la milagrosa provisión de maná y agua para sobrevivir en medio del desierto, y también la guerra (contra los amalecitas)… Hasta su salida, por el Mar Rojo.
El éxodo. Una salida. Y de alguna manera lo ha sido para todos, los que vienen y los que van, los que se encontraron y los que se quedaron. Para los que partirán, siempre. La vida es movimiento, también siempre.
Somos lo comprado con el precio de la sangre de quien nos antecedió. Y un nuevo amanecer trae toda la memoria de este día que tanto ha costado, de este nuevo viaje que también se inicia en 13, ya para el recuerdo, y sin importar sus actores.
“Tened memoria de este día”… Pues grande y valiosa es siempre la Paz, allá adonde quiera que llegue, aunque el hombre prepare la paz para la guerra.

























