Bahía de Gando, dos de la tarde de una mañana de agosto. M.S., con pasaporte mauritano, se dispone a volar a Mali, uno de los países más pobres y peligrosos del planeta. Tardará unas 11 horas en llegar a Bamako, la capital. Volará primero a Madrid, con Iberia; después se desplazará a Casablanca con la Royal Air Maroc, la compañía que luego lo llevará a su destino. El billete de ida cuesta 1.300 euros.
Es la tercera vez que sube para bajar. Es un comerciante que opera para una multinacional con contratos de oro y plata que ruega el anonimato. Las conexiones desde su país están limitadas por la amenaza que se cierne desde hace una década sobre Mauritania, una república islámica con 5 millones de habitantes pero cuatro veces más grande que España. El Gobierno maliense es fruto de un incansable golpe militar que se retroalimenta como un bucle. «Jamás hay calma«, expresa con inquietud, consciente de que se la juega aunque se hospederá en un hotel de lujo (de la cadena Radisson) de alta seguridad.
Está casado, con tres hijos. Su familia reside en Nouakchott. Su mujer pertenece a la burguesía local volcada en la pesca de exportación. Habla castellano, árabe y francés y cuenta con formación jurídica para conocer las normativas de la zona. «Todo es muy voluble…, hoy es de una manera y mañana pueden cambiar las circunstancias». «No, no…, no es como la seguridad jurídica de España y la Unión Europea, pero puedes cerrar acuerdos con garantías. Mi país se ha desarrollado en muchos aspectos del Derecho. La clase política ha entendido que sin prosperidad corremos muchos riesgos institucionales y sociales».
A preguntas de este periódico, M.S. casi enmudece cuando se le insinúa si las amenazas provienen de Mali, el país limítrofe al Este. «No sólo es Mali. Es todo el Sahel, donde la lucha interior avanza como la arena del desierto. Va muy rápido. Y la comunidad internacional parecen no prestarle atención. Falta pedagogía, creo que no hay sensibilidad para entender que un estallido global afectará al Sur de Europa».
Además de la discreción sobre su identidad, pone una condición más en la entrevista. «No hablaré de una supuesta Yihad. Eso lo dejo para los analistas o los estrategas o la OTAN o el Parlamento Europeo. En Mauritania hay más libertad de prensa de la que se imaginan en Occidente. Se publican cada día noticias del Sahel que no se leen en Europa…, y no me explico por qué. ¿Acaso no interesan? ¿No son importantes? Hoy, Internet permite acceder a esas informaciones con las traducciones literales, sin alterar nada. No vivimos en la Edad Media. El gran problema de Europa es creer en su verdad, y no abrir la mente, atarse a los prejuicios. Nuestros problemas son también de Europa, de los americanos, de los rusos, incluso, de los chinos, que están más encima de la verdad que otras potencias. Lo observo cada día. Pero, por favor, no publique mi nombre y no me pregunte por la Yihad».
¿Qué teme, en realidad, M.S. para omitir su opinión sobre el alcance de la Guerra Santa declarada desde hace 15 años en un territorio como El Sahel, tan vasto como desconocido? Las respuestas son variadas y complejas pero el hecho objetivo es que Hasta cinco filiales del grupo terrorista más temido de la historia avanzan desde Mali hacia Marruecos y Mauritania, las dos naciones limítrofes con Canarias que contienen la expansión del yihadismo africano. Rabat abrió en 2026 una base militar de última generación junto a Dajla mientras que Mauritania refuerza su ejército con la ayuda de la UE en paralelo al campamento de refugiados de malienses en la frontera, con más de 100.000 personas.
En realidad, El Sahel africano que mira a las costas atlánticas abarca el Sur del Sáhara Occidental, el oeste de Argelia, toda Mauritania y, cómo no, Mali, Burkina Fasso, Níger y Chad. Una comunidad de 400 millones de personas con el compás abierto hasta el Mar Rojo.

Desde hace casi dos décadas, El Sahel arde por los 4 costados con atentados casi diarios de la Yihad islámica y del crimen organizado (narcóticos, trata de personas y laminaciones étnicas de pueblos enteros).
Hace menos de cinco años, un grupo armado aún sin identificar, que el Gobierno de Burkina Faso acusó de terroristas, atacó durante la noche de un viernes la aldea de Solhan en la norteña provincia de Yagha, en la frontera con Níger. La embestida se saldó con 100 muertos, cuyos cadáveres fueron mutilados y esparcidos como arena.
Los crímenes son más fáciles de entender si se tiene en cuenta que Níger y la frontera con Burkina registran algunos de los mayores yacimientos de uranio del planeta, un mineral que despierta el interés de las multinacionales energéticas y, en particular, de los productores del negocio nuclear.
Al cabo de unos días, se confirmó que el atentado fue el más mortífero en años desde que el país de África Occidental fuera invadido por yihadistas vinculados a Al-Qaeda y al Estado Islámico, la agencia AP Heni Nsaibia que rastreado los fondos documentales del Proyecto de Datos de Eventos y Ubicación de Conflictos Armados.
La historia
En 2014 cambió la huella de los países europeos que confiaban en la pacificación del Sahel, sobre todo, Estados Unidos, España y Francia. Misiles tierra-aire derribaron ese año un avión comercial de la española Swiftair, que resultó mortal para 118 personas, entre los que figuraban 54 militares franceses, la mayoría de alto rango.
La Autoridad de Aviación Civil (FAA) de Estados Unidos, lanzó un mensaje similar al emitido el 19 de noviembre de 2020, desaconsejando volar sobre El Sáhara Occidental por riesgo a que los vuelos comerciales se confundieran con unidades de combate y pudieran ser objetivo de Al Qaeda.
El avión de Swiftair se estrelló en Malí mientras cubría la ruta entre Burkina-Faso y Argelia. De hecho, en 2013, un año antes del siniestro, los operativos franceses desplazados a la zona (norte de Mali), como apoyo al Gobierno local, localizaron cajas misiles antiaéreos SA-7 y manuales sobre cómo usarlos para derribar aviones comerciales.
El vuelo AH5017 volaba con 118 personas a bordo (los pilotos y parte de los tripulantes de cabina eran de nacionalidad española), pero sin que se concretaran oficialmente las causas, perdió el contacto con el control aéreo en una zona «muy conflictiva» de Malí, según admitió la Unión Sindical de Controladores Aéreos.
Las advertencias americanas de la FAA se incorporaron al sumario judicial de la Fiscalía francesa, que imputó a la compañía española, aunque los peritos de la Oficina de Investigación y Análisis (BEA) gala, encargados de las pesquisas por las autoridades malienses, indicaron que la tripulación no activó el sistema de descongelación de las sondas de presión, de forma que los pilotos incurrieron en presuntas negligencias.
Sin embargo, los analistas aéreos barajaron el riesgo real que supone para los vuelos comerciales desplazarse por El Sahel a altitudes inferiores a los 3.500 metros.
Además, el vuelo de Swiftair no era de puro trámite. En su cabina iba parte del alto mando francés y el accidente (o derribo) se consideró durante 4 años como asunto de Estado.
El Sahel oeste, al igual que zona hostil del Sáhara, presentan una sintomatología de riesgo que ha llevado a la FAA y a España a emitir el niveles de alerta con categoría de «precaución».
En el caso del Sahel, está acreditada la amplia presencia de grupos de combatientes yihadistas, como Boko Haram, el Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Oriental y Al Qaeda del Magreb Islámico.

Este último grupo es especialmente preocupante, ya que existen pruebas de que los yihadistas adscritos a la red global fundada por Osama Bin Laden tienen en su poder misiles tierra-aire portátiles SA-7 y otros dispositivos de última tecnología (S9 Manpads) con capacidad para derribar aviones comerciales.
Por ejemplo, en 2013, nada más comenzar la ‘Operación Serval’ –la ofensiva terrestre francesa para hacer retroceder a los terroristas-, el Ejército galo localizó cerca de Tombuctú tubos de lanzamiento de estos misiles de patente soviética.
De inmediato, París mostró su preocupación tras el hallazgo, ya que este tipo de misiles es capaz de derribar fácilmente un avión comercial. No suponen, sin embargo, un peligro para los aviones militares modernos, dotados de sistemas de contramedidas capaces de evitar holgadamente el impacto de un SA-7.
Junto a los misiles, se encontraron manuales en árabe sobre cómo utilizar este tipo de Manpads –nombre que reciben los misiles tierra-aire que pueden ser lanzados por un único soldado-.
Los SA-7 y o los SA-9 Manpads, suponen para los analistas militares, «un arma absolutamente letal contra un avión de pasajeros, aunque para ello no debería volar a gran altitud, ya que su alcance es limitado«.
En 2011, en plena guerra de Libia, Estados Unidos movilizó unidades militares para proteger los arsenales de armas que iban abandonando las tropas de Gadafi en su retirada y posterior apresamiento y muerte.
Tras años de silencio institucional, la FAA ha vuelto a poner la lupa sobre El Sáhara al señalar como relevante la guerra del Sáhara Occidental y el hecho de que el Frente Polisario maneje armas sofisticadas, no solo por su capacidad para moverse con rapidez por el desierto, sino porque cuenta con la cobertura de Argelia, el gran enemigo y rival de Marruecos.
La paradoja europea es que, desde 2011, cinco de los países más pobres del mundo han luchado sin apenas recursos contra el terrorismo y el crimen organizado por detrás de las costas africanas que miran a Canarias.
El Sahel occidental está a poco más de 2 horas en avión de Canarias y es la última puerta del Sáhara contra la Yihad.
Se trata de un amplísimo territorio del desierto que empieza en el Mar Rojo y acaba besando el litoral de Mauritania. El Sahel divide en 2 África y está considerada por los geógrafos como la zona más precaria del planeta. Lo que fue una esperanza bajo el auspicio del G5 (Mauritania, Mali, Níger, Burkina y Chad) hoy es un mero espejismo.

Desde hace 10 años, cuando Afganistán dejó de ser el santuario del terrorismo contra Occidente, El Sahel pasó a ser el refugio de miles de terroristas, desplazados desde Afganistán, Irak y la Península Árabe mediante multitud de vías.
Uno de esos caminos llevó a las autoridades europeas entre 2008 y 2011 a suspender los vuelos directos entre Gando y Mauritania.
Los asentamientos terroristas convirtieron al Sahel en un paraíso para el anonimato , pero en el diseño estratégico (primero de Al Qaeda y luego del Estado Islámico), la búsqueda de financiación obligó a fijar su campo de acción en 5 países repartidos a través de 6.000 kilómetros de fronteras desérticas.
Los 5 países constituyeron en 2011 el G5, una fuerza multinacional conjunta para hacer frente a secuestros, asesinatos, asaltos y pillaje.
Mauritania, Mali, Burkina Faso, Níger y Chad se repartieeron labores de seguridad sin apenas financiación. Se presupuestaron 423 millones de euros para combatir a un gigante con 2 cabezas que se retroalimentan: Yihad y Crimen Organizado.
Sólo la Unión Europea se ha comprometió a inyectar 50 millones de euros, mientras que Naciones Unidas, que tardó años en admitir al G5 como fuerza operativa, sigue a la espera.
Mali se lleva, por ahora, la peor parte. Los atentados siguen en auge y ciudades como Mopti son intransitables.
Los carteles de la droga han visto en la expansión de la Yihad la vía libre para dirigir todas sus operaciones hacia Europa. Fabrican en zonas muy deprimidas, dan trabajo a la población y financian la Guerra Santa islámica, manteniendo así alejados a los ejércitos y policías de estos países, en los que la soberanía está cuestionada por la indefinición de las fronteras.
El coronel Juan Mora, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, publicó un artículo en la revista de esta entidad adscrita al Ministerio de Defensa, titulado G5 Sahel, la fuerza antiterrorista Conjunta, en el que da cuenta de la extraordinaria trascendencia que supone esta fuerza militar para la seguridad de África Oeste.
Juan Mora lanza 5 desafíos en su análisis para el IEEE: amenazas en la seguridad, crimen organizado, migración irregular, drama humanitario y cambio climático.
Francia ha sido el país más vehemente en visualizar la importancia del G5 Sahel. Del resto de la UE, todavía no hay opiniones en el plano político, pese a la proximidad a Canarias. Las Fuerzas Armadas españolas, en cambio, «sí tienen los deberes muy bien hechos», según fuentes institucionales.
Además del Magreb Islámico, las miradas de la UE y Estados Unidos se centran ahora en la fuerza que ha cogido Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), filial de Al-Qaeda, el principal grupo responsable del aumento de los ataques yihadistas que azotan varias naciones de África Occidental.

Sus objetivos son siempre letales. Se formó en Mali en 2017, como una coalición de cinco grupos militantes yihadistas: Ansar Cena, Katibat Macina, Al-Mourabitoun, Ansar al-Islam y la rama sahariana de Al Qaeda en el Magreb Islámico.
Es difícil saber cuántos combatientes hay en las filas del JNIM, o cuántos han sido reclutados recientemente, los expertos sugieren que podrían ser entre 6.000 y 10.000, en su mayoría hombres jóvenes y niños que carecen de otras oportunidades económicas en una de las regiones más pobres del mundo.
Cómo es lógico, el grupo rechaza la autoridad de los gobiernos del Sahel. Buscan imponer su interpretación estricta del Islam y la Sharia en las zonas donde opera. JNIM impone códigos de vestimenta estrictos, prohíbe la música y fumar, ordena a los hombres que se dejen crecer la barba e impide que las mujeres estén solas en espacios públicos. En los últimos meses, los gobiernos han aceptado la implantación de tribunales islámicos como gesto de consenso. Según la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (Gi-Toc), está asentado en todo Mali y en 11 de las 13 regiones de Burkina Faso.
En el último, los incidentes violentos en Burkina Faso se han disparado a niveles nunca antes vistos, según un análisis del equipo de medios yihadistas de BBC Monitoring. JNIM afirmó haber llevado a cabo más de 500 ataques en Burkina Faso, el doble que en el mismo período de 2024.
Otro de los avances sustanciales proviene del uso de Starlink, la empresa propiedad de Elon Musk que proporciona internet vía satélite en alta velocidad en zonas donde las redes móviles convencionales no están disponibles o no son fiables.
Los terroristas han desarrollado sistemas fiables de transporte con dispositivos Starlink en el país a través de rutas de contrabando. JNIM también impone diversos impuestos para financiarse, además de secuestro o robo de ganado. Gravan con impuestos el oro, pero básicamente imponen tasas a todo lo que pasa por su territorio, ya sean mercancías catalogadas o ilícitas». En realidad, son impuestos extorsivos, en el que JNIM les dice a los ciudadanos que deben pagar a cambio de protección. De lo contrario, no hah pactos previos sino la muerte de toda la familia.
Para más inri, desde 2020 (en pleno Covid), se suceden los golpes militares de manera que la deficitaria gestión gubernamental que Al Qaeda y el JNIM prosperen.
Estas juntas militares se han aprsurado a ordenar la retirada de las tropas francesas, sustituyéndolas por el apoyo ruso y una fuerza conjunta formada por los tres países del Sahel. Los grupos golpistas, con el asesoramiento del Kremli, se han retirado del G5. Burkina Faso, Malí y Níger están al bordel del caos al mermar la capacidad de la fuerza de tarea para combatir la insurgencia yihadista. La suerte está servida.

¿Quién teme a Ag Ghali, el terror del Sahel?
El líder yihadista considerado actualmente por los analistas internacionales como el principal «señor de la guerra» en la región del Sahel es Iyad Ag Ghali.
Encabeza el grupo terrorista JNIM (Frente de Apoyo al Islam y a los Musulmanes), la principal filial de Al Qaeda en la zona. No obstante, debido a la fragmentación del conflicto en el Sahel Central, el término también suele asociarse a otras figuras clave según el bando: Mokhtar Belmokhtar, el histórico líder terrorista argelino vinculado a Al Qaeda en el Magreb Islámico; y Amadou Koufa, líder del Frente de Liberación de Macina, integrado dentro del propio JNIM.
Ex músico rockero de profesión, de 72 años de edad, cuenta con un ejército de 6.000 soldados que va camino de crear la primera nación gobernada por Al Qaeda. Arrasan aldeas y pueblos y son capaces de vencer a soldados rusos, boinas verdes y militares franceses. Los servicios de inteligencias americanos calculan que son responsables de miles de muertes de civiles que huyen hacia el campo de refugiados de Mauritania, uno de los más hacinados de la costa africana, a solo dos horas en avión de Canarias. En este mes de septiembre, acabaron toda una unidad de más de 80 soldados de la base rusa en el centro de Mali.
El prestigioso periódico The Wall Street Journal destaca la azaroza vida de Ag Ghali en un amplio reportaje publicado en 2025, con detalles sobre la amenaza bélica de consecuencias incalculables que se cierne en el entorno atlántico próximo a las Islas. De hecho, el presidente del Gobierno regional, Fernando Clavijo, llamó la atención sobre el alto volumen de malienses adultos que viven en Canarias con el estatus de refugiado (más de 600) sin que el Ministerio español del Interior tramite la solicitud de asilo que les permitiría desplazarse a la Península.
Ag Ghali formaba parte como guitarrista de un grupo denominado Tinariwen, con giras internacionales. Ganador de un Grammy, actuaron de teloneros junto a grupos como Led Zeppelin o U2.
Pero hoy, el escenario de la música ha cambiado por completo, pasando de los acordes a la represión y el asesinato masivo. Ag Ghali está al frente una de las células más temibles de Al Qaeda, tanto por su campo de actuación (el desierto del Sáhara en Mali, Níger y Burkina Fasso), prohibiendo la música en una franja de terrenos tan grande como España, como encabezando un ejército de extremistas responsables de decenas de miles de muertes.
Ag Ghali ha convertido África Occidental en el principal campo de batalla donde Occidente y, lo que es peor, los gobiernos locales se han enfrentado, sin éxito, a sus radicales.
Para los observadores internacionales, se ha consolidado como señor de la guerra islamista. WSJ.com apoya su relato en entrevistas con antiguos amigos, rebeldes tuareg, miembros y representantes de la banda Tinariwen y funcionarios del gobierno, así como en informes de la ONU, comunicaciones diplomáticas de Estados Unidos y fotografías contemporáneas, lo que da plena credibilidad al reportaje pese a las adversas condiciones de seguridad que reporta viajar por estos territorios.
Ag Ghali fue un hombre de azul: tuareg ante todo y musulmán despuñes. Los tuareg, tras la independencia de Malí en 1960, protagonizaron una rebelión fallida contra el nuevo gobierno. Ag Ghali tenía nueve años cuando su padre, prominente entre las familias tuareg, fue asesinado en el levantamiento. Al crecer, Ag Ghali se unió a una legión de voluntarios tuareg, bajo el patrocinio del dictador libio Muamar el Gadafi , en busca de la independencia de Mali con la intención de someter al país.
Gadafi utilizó a los tuareg para promover sus propias ambiciones geopolíticas, enviando a Ag Ghali y a otros a luchar contra los israelíes en el Líbano o contra los franceses en el Chad. En la década de 1980, Gadafi le pidió que supervisara a los reclutas tuareg en un campamento cerca de Trípoli, Libia.
En junio de 1990, Ag Ghali y sus combatientes abandonaron Libia y se infiltraron en Mali. Asaltaron puestos militares durante el día y cantaron junto al fuego por la noche. Después de las victorias iniciales en el campo de batalla, Ag Ghali negoció una paz en 1991 que condujo a una mayor autonomía tuareg respecto de las autoridades malienses. Fue el comienzo de una alianza de dos décadas entre Ag Ghali y el gobierno de Bamako.
Pero el ex presidente maliense, Moussa Traoré, fue derrocado por los militares en 1991, en respuesta a la matanza de manifestantes prodemocracia. El nuevo presidente, Alpha Konaré, con la esperanza de contener a los tuaregs inquietos, le otorgó a Ag Ghali una espaciosa villa en Bamako, y formó parte incluso de delegaciones diplomáticas malienses. En 1999, un grupo de predicadores conservadores paquistaníes llegó a la ciudad natal de Ag Ghali, Kidal, en el norte de Mali, y su vida cambió.

Los pakistaníes, con barba y vestidos de blanco, marcharon por Kidal, exhortando a los residentes a seguir estrictamente los preceptos del islam. Se sintió intrigado e invitó a los pakistaníes a su casa. Durante los meses siguientes, dedicó más tiempo a rezar y a leer el Corán. Se dejó crecer la barba y comenzó a usar la misma túnica blanca que los predicadores.
En 2003, Vicki Huddleston, entonces embajadora de Estados Unidos en Mali, organizó una reunión con Ag Ghali, como parte de un esfuerzo de la administración Bush para rastrear a los radicales tras los atentados del 11 de septiembre. «Teníamos información de que Al Qaeda estaba a punto de abrir un nuevo frente» en la región, declaró Huddleston, quien sospechaba que Ag Ghali estaba detrás de la maniobra.
En 2011, Tinariwen lanzó su álbum ganador del Grammy, Tassili, y el líder libio Gadafi fue derrocado. Los combatientes tuareg abandonaron Libia y llegaron a Mali. Muchos jóvenes tuareg se volvieron contra Ag Ghali, considerándolo un vendido que vivía en el lujo y se alineaba con el gobierno de Mali. ¿Qué pasó en realidad? Marginado por sus antiguos compañeros, Ag Ghali fundó su propio grupo militante islamista.
El último Festival en el Desierto celebrado en Mali tuvo lugar en las afueras de Tombuctú, donde Tinariwen compartió escenario con Bono, de la banda irlandesa U2. En enero de 2012. Dos días después, el antiguo grupo rebelde tuareg de Ag Ghali lanzó una rebelión y más tarde tomó posesión de Tombuctú, Gao y Kidal.
En cuestión de meses, el nuevo grupo islamista de Ag Ghali y otra fuerza extremista, Al Qaeda en el Magreb Islámico, obligaron a los tuareg a retirarse. Tras tomar Tombuctú, Ag Ghali prohibió lo que llamó la música de Satanás. A las mujeres se les prohibió salir a la calle sin sus maridos o hermanos. La policía religiosa azotó a todos los que no se sometían, considerados herejes.
Ese mismo año, Estados Unidos designó a Ag Ghali como terrorista. Francia desplegó tropas de combate en Mali y, con el apoyo de soldados malienses y el apoyo logístico de Estados Unidos y otros países, expulsó a los islamistas de Tombuctú. Ag Ghali jamás se rindió. En 2017, incorporó a varios grupos militantes vinculados a Al Qaeda a una coalición llamada Jama’at Nusrat al-Islam wal Muslimin, que se traduce como Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes. La coalición desencadenó una nueva ola de insurgencia en África Occidental.
Los hombres de Ag Ghali se apoderaron de minas de oro, extorsionaron a aldeanos por su ganado y obtuvieron dinero a cambio de protección de narcotraficantes y traficantes de personas. Los militantes estuvieron vinculados a miles de incidentes violentos en Mali, Burkina Faso, Níger y otros países de África Occidental, con casi 10.000 muertos, según el Centro Africano de Estudios Estratégicos, de Defensa del Pentágono.
En los últimos cuatro años, las juntas militares han expulsado a las fuerzas antiterroristas francesas. Los gobernantes militares de Níger ordenaron la salida de 1.100 soldados estadounidenses del país y tomaron el control de una base de drones estadounidense valorada en 110 millones de dólares. España también abandonó las misiones de paz en Mali.
Mali desmanteló una fuerza de las Naciones Unidas de 15.000 efectivos y contrató a mercenarios rusos del Grupo Wagner para brindar seguridad. Los rusos han sido acusados de ocasionar masacres, y Ag Ghali ha buscado apoyo popular oponiéndose a la presencia de Moscú. En julio, las fuerzas de Ag Ghali se unieron a un ataque tuareg en el norte de Malí que aniquiló a Wagner en esa zona, la mayor pérdida de la compañía en África.
Benín, Costa de Marfil y Togo, países relativamente estables en la costa del Golfo de Guinea, están luchando para defenderse de los soldados de Ghali en sus fronteras septentrionales.
Sus combatientes han repelido al Estado Islámico en el Gran Sáhara, un grupo rival que ha ejecutado a ancianos de aldeas y exigido lealtad a los residentes. La protección de Ag Ghali tiene un precio: en una aldea del centro de Mali, eran 40 vacas y 60 kilos de millo al año. A cambio, los hombres de Ag Ghali resuelven disputas entre cazadores, pescadores, pastores nómadas y agricultores, incluso tierras de pastoreo y recursos hídricos.
En 2024, la Corte Penal Internacional de La Haya emitió una orden de arresto contra Ag Ghali, acusándolo de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Continúa prófugo.

Marruecos se blinda por el Sur ante el yihadismo
Marruecos abrió en abril de 2026, una base aérea militar de élite al Sur del Sáhara Occidental contra el terrorismo yihadista, próxima a Dajla (antigua Villacisneros).
Según informó Defensa.com, la nueva infraestructura del Ejército marroquí, en Bir Anzarane, en pleno corazón del desierto, ha despertado un posible interés de Estados unidos por el emplazamiento, en un contexto en el que Washington reorginaza su vuelta a África Occidental tras ceder su influencia a Rusia y Al Qaeda en los países del Sahel, como Mali, Níger o Burkina Fasso.
Se encuentra a 140 kilómetros al este de la ciudad de Dajla y se extiende sobre una superficie estimada de 5 kilómetros cuadrados, para operaciones especiales de aviones no tripulados (drones) y helicópteros de ataque Apache, que permitirán dar más cobertura al muro de arena (2.000 kilómetros de longitud).
Cuenta con una pista de más de tres kilómetros de largo, lo que permite recibir diversos tipos de aeronaves, incluidas aquellas de carga pesada o las que requieren pistas largas de despegue y aterrizaje. A esto se suma una moderna torre de control de tráfico aéreo, dos hangares destinados a albergar y mantener aeronaves, y una zona administrativa y residencial diseñada para alojar al personal durante largos períodos. La instalación incluye tres almacenes que parecen estar destinados a municiones, además de una cúpula de radar para la vigilancia aérea, mientras que el perímetro está rodeado por diez torres fijas que actúan como puntos de vigilancia y guardia para asegurar la inmunidad del cerco defensivo contra cualquier posible incursión terrestre, informa el periódico, uno de los más pretigiosos en notificas de Defensa.

























