Yemen, ‘yaman’ o derecha en árabe. A la derecha de ‘La Meca’ y un cero a la izquierda de todo, o de nada, según se mire. En definitiva, el país olvidado de todo y por todos, pese a ser uno de los asentamientos más antiguos de la civilización de Oriente Próximo.
Acaso se acuerde alguien de las caravanas cargadas de incienso, oro y mirra, de las especias como la canela, o de la bebida llamada ‘oro negro’ (café) que se exportó al mundo desde el puerto yemení de Moka…
Nadie olvidaría su tez si se hubiera postrado ante la Reina de Saba, como tampoco lo hizo el rey judío Salomón. Acaso las vírgenes que aguardaron preparadas al esposo con las lámparas de aceite llenas, acaso quienes velaron las mil y una noches narradas por Sherezade en el reino persa.
¿Pero qué queda de todo eso, ya sea del Antiguo Testamento, las fábulas o los cuentos? Queda Yemen, un país desdeñado por la actualidad, a fuerza de tanta actualidad. Omitido por la premura de los mercados y las ‘breaking news’.
El olvido pesa sobre los más vulnerables entre los abandonados, los niños. Acaso debamos inventar un nuevo lenguaje que redefina el horror, nuevamente, como ya hemos hecho a lo largo de la historia de la humanidad.
Un autobús escolar es bombardeado por la coalición internacional que lidera Arabia Saudí y mata a una treintena de niños, junto al mercado de Dahyan. Y de pronto, la noticia nos recuerda que existe un país en vías de desaparición.
Pero las imágenes nos recuerdan que son los mismos los que sufren, los más débiles… Los niños de un conflicto olvidado, sepultado por otros acontecimientos que importan más. ¿Quién se viste de luto por todos ellos tras siete años de languidecer fuera del objetivo de las cámaras?
Generaciones que ya no existirán para ser testigos de cómo acabará esto. Dice el Talmud que “quien salva una vida, salva al mundo entero”… Y esto vale para todos, ¿o no? Y Jesús dijo: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos” (Mateo 19;14).
Y sin embargo, no habrá para ellos una suite sinfónica de Rimski-Kórsakov, como la hubo para ‘Scheherezade’, ni mucho menos. Acaso haya vida para los que aún estén por nacer en Sanaa, quizás…

Muchos de los pequeños que, malheridos, fueron trasladados al hospital de Sadá, aún llevaban puesta su diminuta mochila azul de UNICEF. Eran otra treintena, pero de supervivientes. Como Buzaina, la niña de cinco años que perdió a toda su familia hace casi un año y su foto revolucionó las noticias.
Llegó en coma al hospital tras otro ataque aéreo y, al despertar, tan sólo podía abrir el ojo derecho con la ayuda de sus dos deditos para ver quién la entrevistaba.
Este gesto miméticamente repetido como llamamiento humanitario en las redes sociales por miles de personas (hasta Rihana), y que curiosamente, nos recuerda a aquel de la ‘ceja’ repetido durante la campaña electoral de Zapatero, se hizo viral.
Pero quién se acuerda ya de ella… Tantos como los que se acuerdan de Yemen. Pero no importa, entre las etiquetas creadas por el nuevo lenguaje (ahora #hastags), está la de ‘las guerras olvidadas’.

Lo cierto es que los grandes olvidados son sus niños. Y pareciera que si Geert Cappelaere, director regional de UNICEF para Oriente Próximo y África, reclama en un comunicado “Basta ya de crueldad con los niños”, fuera suficiente.

























