Lamine Yamal junto a sus compañeros de la selección española.

Lamine Yamal es su nombre y ya cumplió los 17, pero podría llamarse Aylan, aquel niño de sólo tres años que el Mar Egeo devolvió intacto a la orilla, pero sin vida. Llevado, traído, a la deriva de la humanidad y cuya foto dio la vuelta al mundo en portadas.

Tendría ahora 12 años y su hermano, unos 14. A ése no lo conocimos pero sabemos por su padre, refugiado sirio cuyo expediente de reunificación familiar fue rechazado en Vancouver (Canadá), que también le gustaba el fútbol. 

Juntos llevaron el balón que les había comprado su padre, antes de escapar de la guerra en Siria, hasta la orilla de la costa sur de Turquía desde la que se hicieron a la mar. Había más niños aquella noche pero nunca conocimos sus caras.

Gente sorda, ciega y muda de tanta saciedad. Al amparo de la normativa, hace ya tiempo que olvidaron su pasado también de migración. No hay seres humanos ilegales como no hay llanto carente de lágrimas. 

Y es que son las aguas del mar las que se han convertido en el verdadero Meridiano 0 que filtra, que separa la vida de la muerte. Anteayer, el Egeo y ayer, el Mediterráneo. Hoy, el Atlántico en la ruta canaria de la migración, la más peligrosa.

Pero cuando escapas del miedo sólo cabe un camino, el de la huida hacia adelante. No hay marcha atrás. Y no la hubo para el padre de Lamine Yamal ni la madre de Nico Williams Jr, que caminó descalza por el desierto hasta llegar al mar.

Ambos llegaron a las costas españolas desde Marruecos, fruto de la migración ilegal que tanto molesta a tantos. Pero que en esta Eurocopa de futbol jalean sus nombres, imprescindibles, porque sus goles han ido directos a la portería de su intolerancia perforando la red de su ceguera y superando el larguero de su odio.

Y de toda esa corriente de agua, símbolo de la vida misma, que entonces se convirtió en presagio de muerte para menores migrantes como Aylan, que hacen de los mares cementerios sin tumbas, otros cumplen sus sueños. Por ellos y por sus padres, que se arriesgaron.

“Doloroso es que comencemos a vivir cuando morimos”, decía Séneca… Pero más doloroso es que muramos sin intentarlo. Felicidades Lamine y Nico por la sal de la vida.