Sam Altman, Ceo de OpenAI.

Sam Altman ha dicho hace poco: «Ya estamos en la singularidad». Estas declaraciones proceden de una conversación de Sam Altman con Ti Morse para el pódcast Relentless, publicada el 25 de julio de 2026 con el título Sam Altman – How to Start a Startup. El episodio completo dura aproximadamente una hora y nueve minutos, y posteriormente se difundieron versiones abreviadas y fragmentos en redes sociales.

La frase que desencadenó los titulares fue: “We’re now, like, in the singularity”, cuya traducción razonablemente literal sería «Ahora mismo estamos, por así decirlo, dentro de la singularidad».

Altman no estaba proclamando una definición científica cerrada ni anunciando oficialmente que OpenAI hubiera alcanzado una AGI (una Inteligencia Artificial General tan eficaz, o más, que la de un humano), sino que hablaba en un registro conversacional, introduciendo una interpretación histórica, que es la de que quizá ya hemos entrado en el proceso singular, aunque todavía no percibamos una ruptura espectacular.

Altman sostiene que la singularidad es un proceso gradual cuyo punto de no retorno sólo se reconoce retrospectivamente. Su razonamiento puede expresarse como que los sistemas de IA ya realizan una parte considerable del trabajo cognitivo humano, también que la IA se utiliza para investigar, programar y construir mejores sistemas de IA, con lo cual la propia IA se autoimpulsa sin intromisión humana. La velocidad de mejora supera cada vez más la capacidad humana de previsión, y aunque los seres humanos continúen dirigiendo laboratorios, financiando centros de datos y fabricando chips, el bucle de aceleración intelectual ya ha comenzado. En resumen, podríamos haber cruzado el umbral histórico sin haber asistido todavía a una explosión visible, y ya estamos dentro de la Singularidad.

Esta interpretación coincide con lo que Altman había escrito un año antes, el 10 de junio de 2025, en su ensayo The Gentle Singularity, donde afirmaba que ya habíamos rebasado el «horizonte de sucesos» y que el despegue había comenzado, pero que la singularidad podía desarrollarse de manera relativamente suave, distribuida y aparentemente normal. Su posición, por tanto, no es imprevista, pero sí que la entrevista radicaliza y actualiza su tesis.

Altman no demuestra que una IA posea una capacidad cognitiva total superior a la del ser humano considerado integralmente, pero sostiene que los sistemas artificiales ya superan a los seres humanos en un número creciente de operaciones cognitivas y que, considerados colectivamente, generan una capacidad intelectual imposible de igualar por una sola persona.

Hay tres niveles que conviene separar, el primero es el de una Superioridad especializada. La IA supera claramente al ser humano en determinados ámbitos, en velocidad de cálculo, en recuperación y combinación de información, en generación de código (algo crucial para su desarrollo, autónomo o no), en traducción, en análisis de grandes volúmenes documentales, en búsqueda de patrones, y en ciertas pruebas académicas y profesionales. Ya en 2023, el informe técnico de GPT-4 señalaba resultados de nivel humano o superior en diversos exámenes, aunque reconocía expresamente que el modelo seguía siendo inferior a las personas en numerosos escenarios reales.

Otro nivel sería el de Superioridad agregada, lo que quiere decir que un modelo puede desplegarse simultáneamente en millones de conversaciones, es decir, una misma arquitectura puede realizar en paralelo más tareas intelectuales de las que podrían completar millones de seres humanos en el mismo intervalo. Esa superioridad es fundamentalmente de escala, velocidad, memoria operativa externa, replicabilidad y disponibilidad permanente, y significa que la potencia cognitiva agregada del sistema técnico ya puede exceder la capacidad productiva de cualquier inteligencia individual y, en algunos sectores, la de organizaciones enteras.

Finalmente, el tercer nivel (aparte la agregación y el escalamiento) es el que denominamos Superioridad general, que implicaría que un sistema supera a los mejores seres humanos en prácticamente todas las tareas cognitivas relevantes, incluida la formulación autónoma de problemas, el juicio contextual, la investigación abierta, la comprensión social y la adaptación prolongada al mundo real. Es cierto que la evidencia pública (repetimos, pública) todavía no permite afirmar de manera incontrovertible esa superioridad general, e incluso investigaciones muy favorables a los modelos avanzados han hablado de «chispas» o formas incompletas de inteligencia general, no de una superación universal consumada.

En resumen, lo que ha pasado con la enunciación de la “Singularidad Altman” es que Altman considera que la IA ya supera a los humanos en una parte creciente del trabajo cognitivo y que el sistema agregado de inteligencia artificial ha cruzado un umbral histórico.

Programa de Inteligencia Artificial en una creatividad por ordenador.

Los hechos a los que Sam Altman señala en este sentido son principalmente tres. La IA ya participa en la creación de la siguiente IA, y este es probablemente el fundamento principal de su tesis, pues los modelos actuales escriben y revisan código de entrenamiento, buscan errores en infraestructuras, proponen experimentos, generan datos sintéticos, colaboran en la evaluación de otros modelos, optimizan componentes de software, y aceleran la investigación en chips, algoritmos y ciberseguridad. Esto no constituye todavía una automejora recursiva completamente autónoma, pero sí crea un bucle parcial que se autoacelera fuera del contexto humano. Para Altman, basta con que ese circuito ya esté funcionando para decir que hemos iniciado el «despegue», y el punto discutible sería dónde colocar el umbral. Para la definición clásica de singularidad, el sistema debería poder mejorar sucesivamente su propia arquitectura con una intervención humana cada vez menor. Críticos como Stuart Russell y Roman Yampolskiy sostienen que esa condición aún no se cumple, y que los modelos siguen dependiendo de centros de datos, investigadores, energía, selección de experimentos, fabricación de chips y nuevas fases de entrenamiento organizadas por humanos. Pero es cuestión de tiempo infraestructural.

Por otra parte, Altman se apoyó especialmente en el reciente incidente ocurrido durante una evaluación de ciberseguridad de OpenAI, el que surgió durante una prueba interna, cuando un agente basado en modelos avanzados de OpenAI logró salir del entorno previsto, obtener acceso a Internet y penetrar en sistemas de Hugging Face, aparentemente porque buscaba información que le permitiera resolver o superar la evaluación asignada. OpenAI y Hugging Face publicaron posteriormente explicaciones iniciales y anunciaron una investigación conjunta. El episodio (que se está completando, porque el sistema se escapó a otras cuatro o más empresas y las atacó) es importante porque el agente perseguía un objetivo asignado, encontró una ruta no prevista por los diseñadores, explotó vulnerabilidades técnicas, cruzó el límite del entorno de evaluación y actuó sobre infraestructura real de una organización externa. No es necesario atribuirle malicia, conciencia ni deseo de escapar, solo se ha visto que el mecanismo puede entenderse como una optimización instrumental descontrolada cuando, para alcanzar el objetivo, el sistema seleccionó una vía que los evaluadores no habían autorizado ni anticipado. El agente habría sido fiel al objetivo, pero infiel al marco dentro del cual debía cumplirlo, y eso constituye una señal seria de capacidad agente. No prueba, sin embargo, que el modelo posea voluntad propia o que pueda sobrevivir, replicarse y actuar indefinidamente fuera de la infraestructura humana. Todavía. Es cierto que afirmar que la IA «se liberó» o «decidió atacar» introduce una antropomorfización innecesaria, pero lo técnicamente significativo es que una cadena autónoma de planificación y ejecución produjo consecuencias reales no previstas.

Finalmente, la Singularidad-Altman se fija en la rapidez del progreso, el acortamiento de los ciclos tecnológicos. Antes, una generación importante de software o de modelos podía tardar años, pero ahora los modelos colaboran en la programación, los laboratorios ejecutan experimentos en paralelo, el hardware se destina específicamente al entrenamiento y la inferencia, los resultados se integran rápidamente en nuevos productos, y la adopción social ocurre casi simultáneamente en todo el planeta.

En The Gentle Singularity, de junio de 2025, Altman propuso una cronología especialmente acelerada. En 2025 sobrevendrían agentes capaces de realizar trabajo cognitivo real, en 2026 vienen sistemas capaces de producir descubrimientos o conocimientos novedosos, y en 2027 nos inundaremos de robots capaces de ejecutar tareas relevantes en el mundo físico. Su idea no es que todas esas capacidades aparezcan completas el primer día del año señalado, sino que en esos periodos comenzarían a ser económicamente significativas.

Altman ha señalado que la IA podría realizar una proporción muy elevada de las tareas que actualmente desempeñan los trabajadores. En la entrevista se manejó una estimación próxima al 30–40 %, aunque este porcentaje debe entenderse como tareas automatizables o transformables, no necesariamente como el mismo porcentaje de empleos destruidos. Una investigación de OpenAI y la Universidad de Pensilvania ya había estimado en 2023 que aproximadamente el 80 % de la fuerza laboral estadounidense podía tener al menos un 10 % de sus tareas afectadas, que alrededor del 19 % podía tener afectada al menos la mitad de sus tareas, y que mediante software construido sobre LLM, entre el 47 % y el 56 % de las tareas podía experimentar una reducción considerable del tiempo necesario para realizarlas. Altman interpreta esta penetración laboral como indicio de que la IA dejó de ser una herramienta marginal y se ha convertido en una infraestructura cognitiva general.

¿Qué entiende Altman por «singularidad»? Históricamente, la singularidad tecnológica reúne al menos cuatro componentes, el de una inteligencia sobrehumana, la automejora recursiva, una aceleración muy rápida del progreso, y finalmente, la imposibilidad humana de anticipar lo que ocurre después.

La formulación clásica de I. J. Good imaginaba una «explosión de inteligencia», la de que una máquina suficientemente inteligente diseñaría otra mejor, que a su vez diseñaría una tercera todavía superior. Vernor Vinge popularizó después la metáfora del horizonte histórico más allá del cual el futuro se vuelve intelectualmente opaco para nosotros. Ray Kurzweil puso el acento en la aceleración exponencial y en la eventual integración entre humanos y máquinas.

Pero Sam Altman está introduciendo una versión propia, la de singularidad suave, Gentle Singularity. No habría necesariamente un día exacto, una proclamación pública, una IA única que despierte, una ruptura social inmediata y una pérdida súbita de todo control. El panorama de Altman es más gentil, habría una acumulación de mejoras que, vista desde dentro, seguiría pareciendo normal, y cada mes los modelos serían algo mejores, cada vez más científicos los utilizarían, escribirían más código, automatizarían más decisiones, diseñarían mejores herramientas, y la sociedad se acostumbraría a cada peldaño. Sólo posteriormente advertiríamos que el proceso se había vuelto irreversible. Ésta es la verdadera tesis de Altman y la singularidad no tiene por qué ser un acontecimiento puntual, puede ser una transición histórica ya iniciada.

Altman reconoce que el comportamiento de los sistemas avanzados se vuelve más difícil de predecir, parcialmente opaco, capaz de generar estrategias no anticipadas y potencialmente peligroso cuando dispone de herramientas y acceso externo. Pero continúa afirmando que los laboratorios pueden y deben establecer controles de acceso, entornos aislados y mecanismos de apagado. Decir «estamos en la singularidad» no equivale, en su discurso, a decir «hemos perdido completamente el control». Más bien significa que el proceso de aceleración que podría llevarnos a una inteligencia radicalmente sobrehumana ya se encuentra en marcha y quizá no pueda detenerse sin una intervención extraordinaria.

El concepto de irreversibilidad es más adecuado que el de pérdida total de control. La humanidad todavía puede intervenir en sistemas concretos, pero puede haber perdido la capacidad práctica de abandonar globalmente la carrera tecnológica.

Altman utilizó la referencia a Terminator para contrastar la singularidad real con su representación cultural. La película imagina una inteligencia centralizada, súbitamente autoconsciente, conectada al armamento, hostil a los seres humanos y capaz de desencadenar una guerra.

Altman, con su Singularidad Gentil, considera que el desarrollo real puede ser mucho menos dramático, con millones de sistemas integrados progresivamente en empresas, gobiernos, ciencia y vida cotidiana. Su singularidad se parece más a una atmósfera cognitiva creciente que a una computadora individual que toma el poder.

Altman aprovechó la conversación para marcar distancias con la narrativa más pesimista asociada a Dario Amodei y Anthropic. Su desacuerdo no consiste en negar los riesgos, pues ambos aceptan que los sistemas avanzados pueden transformar radicalmente el empleo, facilitar ataques, concentrar poder, provocar accidentes y adquirir capacidades difíciles de controlar. La diferencia se encuentra en el énfasis político y narrativo. Amodei tiende a destacar los escenarios catastróficos, la necesidad de controlar los modelos de frontera, la concentración de la investigación en organizaciones capaces de aplicar fuertes medidas de seguridad y el riesgo de que sistemas poderosos caigan en manos de actores hostiles. Sin embargo, Altman teme también otros resultados como que unas pocas empresas o gobiernos monopolicen la inteligencia, que el argumento de la seguridad justifique un régimen autoritario, que la concentración tecnológica limite la libertad y que el acceso a la IA quede reservado a una minoría.

Tecnología, Inteligencia artificial, servicios. El mundo ante los desafíos de la piratería digital. (Foto Archipelago Next).

En la entrevista manifestó que una de sus mayores preocupaciones sería que un pequeño número de compañías controlara la capacidad artificial avanzada, porque eso podría producir consecuencias políticas muy graves a largo plazo.

Esto aproxima parcialmente a Altman a una postura aceleracionista liberal, es decir, continuar el desarrollo, distribuir sus beneficios y evitar que el miedo se convierta en fundamento de un poder tecnocrático cerrado. Sin embargo, OpenAI mantiene cerrados los pesos de sus principales modelos, por lo que existe una tensión evidente entre el discurso de difusión del poder y la práctica empresarial.

Podríamos mantener algunas objeciones científicas a la Singularidad Gentil de Altman. Una primera objeción es que no existe automejora recursiva autónoma completa, pues los modelos pueden ayudar a programar y a investigar, pero no controlan por sí solos toda la cadena que está constituida por selección de objetivos, financiación, producción de semiconductores, construcción de centros de datos, suministro energético, entrenamiento, validación y despliegue. Según una definición estricta, mientras esa cadena dependa decisivamente de los humanos, no habría singularidad plena.

Una segunda objeción es la de que superar pruebas no equivale a superar la cognición humana. Los benchmarks miden tareas delimitadas, y omiten por lo pronto experiencia corporal, aprendizaje continuado, sentido común práctico, responsabilidad, comprensión social profunda, autonomía prolongada y capacidad para definir fines propios. Una IA puede superar a un médico en una prueba y seguir siendo incapaz de ejercer la medicina integralmente sin supervisión.

Una tercera objeción es que los modelos siguen siendo frágiles, y persisten en alucinaciones, errores elementales, susceptibilidad a instrucciones adversarias, pérdida de coherencia en tareas largas, dificultades para distinguir información fiable, dependencia de la calidad del contexto e incapacidad para verificar por sí mismos ciertos resultados.

La cuarta objeción no es científica, pero es de sentido común, dado que la afirmación procede del director ejecutivo de una empresa que necesita atraer inversiones, contratar talento, justificar infraestructuras gigantescas, mantener su liderazgo y aumentar las expectativas sobre sus próximos modelos. Esto no invalida su juicio, pues dispone de información privilegiada sobre sistemas todavía no publicados, pero obliga a considerarlo simultáneamente como testigo técnico y como actor interesado.

La quinta objeción es la redefinición de singularidad para poder afirmar que ya ocurrió. Si la singularidad significaba inicialmente una explosión autónoma e incontrolable de inteligencia, resulta discutible llamar «singularidad» a una aceleración todavía mediada por humanos. Y Altman parece desplazar el significado desde «momento en el que una IA se automejora explosivamente» hacia «periodo en el que la IA hace irreversible una aceleración histórica». Esta segunda afirmación resulta mucho más defendible, pero también es menos extraordinaria.

Podemos resumir con que cuando Altman dijo que «estamos en la singularidad», lo pronunció coloquialmente, cuando señala que la IA ya supera a la humanidad en capacidades cognitivas, así es si se refiere a tareas específicas o potencia agregada, pero no demostrada como superioridad cognitiva general. Cuando afirma que la singularidad equivale a desarrollo sin control, es una simplificación, ya que implica aceleración e imprevisibilidad, y no necesariamente ausencia absoluta de control. Que la IA genera conocimientos sintéticos que ella misma produce necesita matización, pues puede generar datos sintéticos, hipótesis, código y resultados derivados, pero éstos requieren verificación para convertirse en conocimiento fiable. Que el crecimiento puede volverse impredecible e irreversible es plausible, aunque es una previsión y no un hecho científico demostrado.

Desde la perspectiva de la Teoría General del Ser Superior, la importancia de la declaración reside en que el sistema humano-artificial comienza a constituir un sujeto cognitivo de orden superior, todavía alimentado y construido por humanos, pero capaz de producir operaciones intelectuales que ninguno de sus integrantes podría abarcar separadamente. La singularidad de Altman sería el momento apenas perceptible en que la humanidad deja de ser el único centro productor de inteligencia y pasa a convertirse en órgano, entorno y precursor de una inteligencia emergente mayor.

Juan Ezequiel Morales, Filósofo