#VictorJara recibe justicia en EEUU, después de 43 años de impunidad pinochetista (Fotografía Facebook oficial #VictorJara).
Victor Jara recibe justicia también Chile, después de 45 años de impunidad pinochetista (Fotografía Facebook oficial #VictorJara).

#VictorJara, el cantante universal. Libertad del pueblo chileno. Víctor Lidio Jara Martínez, el cantautor que hizo de ‘Amanda’ esa libertad de cuyo brazo querríamos ir, siempre, agarrados todos…recibió justicia. Al fin.

Voz de Chile y de tantos otros, puso nombre a su asesino, 43 años más tarde. Cuatro décadas después de caer como mártir bajo el régimen del dictador Pinochet (1973-1990), un tribunal federal de Estados Unidos hace justicia.

Un tribunal de Orlando encontró culpable de tortura y asesinato al ex teniente Pedro Barrientos. Acusado por la familia del cantautor chileno, en una demanda civil interpuesta por la esposa de Víctor Jara y sus dos hijas.

Joan Turner Jara, tan cansada y mayor ya. Y Manuela y Amanda. Se abrazaron las tres, derramando las lágrimas que todavía les quedaban. Una, por su marido que ya nunca regresó. Las otras, por el padre que siempre les faltó.

Pero la misma sonrisa. Siempre sonreía, Víctor. Como Amanda, de sonrisa ancha. Después de casi 43 años de búsqueda de Justicia (a falta de sólo tres meses del aniversario de su muerte), su viuda y sus hijas hallaron esos cinco minutos en que la vida es eterna.

“Aquí empieza la justicia para todas las familias de Chile que esperan conocer el destino de sus seres queridos”, afirmó Joan al salir de la corte federal en Orlando.

Se acaba con la impunidad por los asesinatos de la dictadura de Augusto Pinochet. Barrientos, ya sin uniforme, que ahora es ciudadano estadounidense (nacionalizado), tendrá que pagar una compensación de 28 millones de dólares por daños y perjuicios a la familia.

El cantante chileno es sólo uno de los casi 4.000 fallecidos/desaparecidos. Uno más de los 28.000 torturados por el régimen militar de Pinochet. (Entre ellos, incluso la actual presidenta chilena, Michelle Bachelet).

Pero Víctor Jara es el icono de todos ellos. La voz de tanto silencio.

“Al menos, 44 impactos de bala y varios huesos rotos”, según la autopsia. “Agredido físicamente, de forma permanente, por varios oficiales”, señala la resolución. Días de tortura, incluida la fractura de sus manos con golpes de culata.

Hasta que el 16 de septiembre de 1973, cuatro días después de su detención y secuestro en el estadio Chile (y sólo cinco tras el golpe de Pinochet), callaron su voz. Eso creyeron.

Hoy ese estadio lleva su nombre. “Somos cinco mil”, el último poema de Víctor Jara, malamente escrito con las manos ya rotas en una libretilla prestada. A escondidas, el 15 de septiembre de 1973.

Un día antes, unas pocas letras: “Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura”. Escribió. Eran cinco mil. Pero serían muchos más en los años venideros. Llanto sobre llanto.

Ahora toca que el gobierno de EE.UU. considere el veredicto de esta demanda civil y agilice la extradición de Barrientos a Chile, donde a mediados de 2008 se reabrió la investigación judicial sobre su asesinato.

Hace tres años, Jara fue reconocido por la revista ‘Rolling Stone’ como uno de los “15 rebeldes del rock & roll”. Inspirador de artistas como Bruce Springsteen, U2, Peter Gabriel y The Clash.

Víctor Jara es palabra y música. Sobre todo. “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”, decía ‘Manifiesto’, su testamento musical.

Y lo tenía, sentido y razón. En mi infancia. Al menos en mi casa. Entonces allí se escuchaba a Víctor Jara y a Violeta Parra, entre otros. Nosotras éramos dos niñas pequeñas que tarareaban ‘Te recuerdo Amanda’ como una canción más.

Aún no entendíamos por qué las otras niñas en el ‘cole’ no se sabían ésta, igual que la de ‘Un rayo de sol’. Ni por qué siempre había reuniones de amigos en nuestro pequeño salón, casi cada noche, hablando y fumando hasta las tantas.

Tampoco por qué alguno de ellos estaba presente cuando mi padre llegaba de viaje con aquella maleta de cuero marrón, que se amarraba con correas de hebilla. Cargada sólo de libros y cintas de cassette. Y, sin embargo, se armaba una fiesta.

Yo tenía sólo cuatro años y esperaba una muñeca, claro. Quizá una pulserita…Pero no había hueco en aquella maleta reventada de títulos, ni tiempo para eso en Chile. No era ése el tema de los viajes. No el motivo.

Con la victoria de Allende en las urnas, la primera de un comunista en Occidente y en plena guerra fría, las esperanzas para los opositores de Franco en España eran un soplo de aire.

Y en mi casa, en mi infancia, ese aire soplaba. Y mucho. Mi padre, el poeta Juan Jiménez, no podía vivir de sus palabras. De su protesta. No en aquella España. Trabajaba en Iberia, lo que le permitía entrar por el aeropuerto de Gando con todo aquel ‘material’ prohibido.

Eso hacía que cada viaje, cada maleta de Argentina o Chile, fuera una fiesta para aquellos amigos. Para aquel grupo de intelectuales entre los que luego circulaban los libros de mano en mano.

La música no. Ésa se escuchaba en casa. En compañía, de fondo. Y también a solas. Aprendimos las letras y dejamos de esperar una muñeca. Aquella música nos sembraba.

Y, después de todo, siempre hubo sitio para una lata de dulce de leche. Merendábamos a cucharadas escuchando:

Te recuerdo Amanda,

                                               la calle mojada,

                                               corriendo a la fábrica

                                               donde trabajaba Manuel

                                               La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,

                                               no importaba nada, ibas a encontrarte con él,

                                               con él, con él, con él, con él

                                               Son cinco minutos,

                                               la vida es eterna en cinco minutos…