
Verónica o Gabriel. Así iba a llamarme. Con dos meses de vida, las células sexuales de mi aparato reproductor ya se habían colocado en su sitio, dispuestas a desarrollar lo que serían mis órganos. Masculino o femenino. Con ocho semanas de vida aún estaban indiferenciados.
(María Madre parte de Siria. Cada día. Son decenas de miles. Madres todas. Marías todas. Un éxodo de vida, salvada y perdida. Su drama es también el mío. Pienso en el difícil perdón pedido por el Papa Francisco para el Jubileo de la Misericordia que ahora comienza).
Unos días más y… Verónica o Gabriel. Me gustaban los dos nombres. Siempre me gustaron. Ahora tendría cuatro años y dos meses. Suena a la condena de una sentencia, la que no ha llegado aún. Suena a pena, la que me acompañará siempre. A mamá también. A ella más.
Mi cerebro se estaba desarrollando. ¡Muy rápido! Y empezaba a emitir sencillas señales a los músculos. Llegaría a tener mil millones de neuronas. La mayoría de los “circuitos” de tratamiento de la información se forman en los primeros cuatro meses de embarazo. Se llama ‘neurogénesis’. Mamá leyó mucho acerca de ese maravilloso proceso de división celular.
Es mi segundo mes de vida. Ya se forman todos los principales órganos internos de mi pequeño cuerpo (hígado, estómago, apéndice, bazo o vejiga), aunque no se desarrollan completamente. Y también los ojos, ya tenía retinas y córneas…Estaba ansioso/a por ver.
Hace una semana que el médico ya no me llama embrión, sino feto. Me habían empezado a crecer los brazos y las piernas. Ya tenía tobillos y muñecas. ¡Y lo que es más importante, dedos en las manos y en los pies! Mi forma humana ya era reconocible para cuando mamá se asomó al monitor a verme…
Tenía orejas, nariz, lengua, labio superior y cartílagos dentales. Mis párpados habían crecido, aunque aún estuvieran sellados. Sólo era cuestión de tiempo, como todo. Yo ya era una personita en toda regla. Medía sólo 4 centímetros y pesaba unos 5 gramos. Pero era. Verónica o Gabriel.
Mamá casi pudo ver el esqueleto a través de mi piel, tan translúcida aún. Todavía era un suave cartílago, no huesos. Pero mi cuerpo se estaba alargando, poco a poco. ¡Hígado y corazón ya funcionan, y siguen especializándose! Va a casi 180 latidos por minuto, el doble de mamá.
Mi pequeño corazón cuenta ya con cuatro cavidades. Dentro de mamá era poco más de una judía, pero la mayoría de mis funciones vitales estaban ya en marcha. Con fuerza. Flotaba feliz en la ingravidez del líquido amniótico en la cavidad uterina, protegido de los golpes externos que pudiera recibir a través del abdomen de mamá. Salvo que un coche la atropellara, claro…
Así fue. A mamá la arrolló un coche sobre la acera aquel 15 de diciembre de 2010. A los 2 meses yo había dejado de ser un embrión y era oficialmente un feto. La placenta ya me alimentaba a través del cordón umbilical unido al útero de mamá. Hasta ese instante. Eran las 8 de la tarde y mis párpados jamás llegarían a abrirse.
Aquel hombre bebido que enfiló su coche hacia los peatones, dos mujeres desconocidas a las que cambió sus vidas en sólo una décima de segundo, me mató en el acto. De repente, el silencio. Las 180 pulsaciones que evidenciaban mi existencia, cesaron. Mi pequeño corazón se paró.
El frío suelo cuando mamá cayó hacia atrás oscureció nuestro sueño. Verónica o Gabriel. Podían acaso las lágrimas de mamá llegarme a través del mismo cordón umbilical… ¿Podía la vida llegar a tanto? Ni Verónica ni Gabriel. Sólo el vacío. Al día siguiente, de nuevo el frío.
El destino quebrado bajó entre sus piernas humedeciendo de rojo todos los sueños a su paso. Ni Verónica ni Gabriel. El llanto a solas por una vida que murió antes de nacer. El silencio, teñido de rojo. La vida, teñida de muerte ya para siempre. Y los nombres escritos en rojo en un libro abierto por la misma página.
El destino quebrado bajó, rojo, entre mis piernas. El llanto, a solas… A la mañana siguiente, sufrí un aborto involuntario. No hubo tiempo para nada más, a diferencia de Mindy Raelynne Danison (Washington), que pudo coger a Annabelle tras perderla a las 8 semanas, como muestra la fotografía.
Yo ya era otra. En el baño me sostenía sobre dos muletas…¿Cómo hubiera podido agarrar nada más? Cayó, teñido/a de rojo. David vino cada día a rehabilitar mi pierna durante más de un año. Siempre me dijo que ‘aquello’ no medía más que un pulgar, que lo olvidara. Pero acaso tiene medida la vida…
Las manos de David son más grandes que las mías. ¿Se refería a su pulgar o al mío? Yo fui atropellada por un conductor bebido y consciente. Voluntariamente, se sentó al volante. Con esa arrogancia que da la indolencia. Invadió con tal violencia la acera que arrancó tres bolardos de hierro. Uno de ellos salvó mi vida. Pero no la de Verónica. No la de Gabriel.
Eran las 8 de la tarde y sus párpados jamás llegarían a abrirse. Esa sombra que, arrastrándose, nos robó vida, jamás se interesó. Ni siquiera aquel día. Alega amnesia. ¿Cabe el perdón para quien no reconoce la culpa? Cabe acaso justicia humana cuando el daño es irreparable.
Nada espero de quien nada puede darme. Nada espero de una escenificación en la que no cabe la restitución. “Porque yo ya perdí”, le dije a Víctor. Mi abogado. Sólo ansío poder seguir bebiendo del arroyo de la memoria y no olvidar sus nombres. Ni Verónica ni Gabriel.



























