
#DesdeMiVentanaVerde, en este segundo domingo de Cuaresma, pienso en todo lo sucedido el día que antecedió, y en la noche que a su vez antecedió al amanecer de este sábado que oscureció sin tiempo, en el que concurren Ramadán y Cuaresma.
Contemplo el vídeo que muestra la lanza del soldado romano Longinos como reliquia desde el Vaticano (ésa que certificaba la muerte del crucificado), y pienso en mi amiga, rompiendo el ayuno aquí en Las Palmas pero con el corazón en la vida que dejó atrás, a las afueras de Nazaret.
No están todos esta vez para la celebración del Ramadán, así que mira el teléfono entre rezo y rezo. Afuera, el barullo insistente de las ‘mascaritas’ del carnaval parecen dar la espalda a un mundo en guerra. Otra vez.
#WeAreAllCollateralDamage (Todas Somos Daños Colaterales), tanto para Trump que exhibe una gorra que dice USA en su comparecencia, de impoluto blanco papal como si él mismo fuera un mensajero de la paz, mientras sus B2 lanzan misiles a espaldas del congreso norteamericano.
#WeAreAllCollateralDamage (Todas Somos Daños Colaterales), también para Netanyahu que difunde una muy estudiada foto en la que tan sólo puede verse un mapa de la futura expansión y un libro cuyo título es ‘Aliados en la guerra’, ambos sobre la mesa, mientras él sostiene un puro en su mano izquierda. Detrás, la bandera de Israel y la imagen de una ’Menorá’. Pero unas horas antes (durante su propio shabat), más de un centenar de niñas morían por el lanzamiento de un proyectil en una escuela de primaria, a la que sí podían acudir.
Nadie llegó a saber si, llegado el día, un mechón mal colocado de sus cabellos por fuera del hiyab, les traería la ruina al sur de Irán, en la pequeña localidad de Minab. Como a Masha Amini, que al viento de las palabras, prendidas todas en los sueños de su melena, le sesgó la vida una moral tan mal entendida como una libertad trancada.
Ambos encubrirán sus victorias con el mismo eufemismo del daño incidental, para disfrazar que la muerte es el fin mismo de sus vidas sin esperarla siquiera. Mucho menos, merecerla. De todas ellas, nos queda la memoria de la única vez que miraron el mundo, en su infancia.
Terrible victoria la de estas niñas que se levantaron tras ella y en su nombre, el de Masha, pero cuya liberación se las trajo la misma muerte que les cerraba los ojos. La de los Ayatolás. Y el mundo se cierne bajo el mismo velo negro, sin fecha y bajo una única cúpula, la del cielo.
























