
#AguardoElDía entre despedidas y bienvenidas, entre nubes y claros. Desde mi ventana verde, hinchada su madera por la lluvia después de haber llorado tanta agua… Siento cómo discurre el tiempo. Sin medida.
Y mientras sigo esperando que suene un tango en la Plaza Maidán de Kiev una mañana de éstas, lo agarro en mi mano, casi al lazo cuando pasa, antes de que también se convierta en pretérito.
El tiempo y el sol, con la esperanza de que también les llegue a ellos antes del invierno, antes de todo. Y mientras espero que suene ese tango, insisto, después de haber comprobado que el mar seguía ahí. Y que sus olas no me bastaron…
Me acomodo adentro en uno de los espejuelos de madera de esta casa canaria antigua, los que están al pie de la ventana del bajo. Y asomada a rente de la calle, me vuelvo a sentar en el borde, ése que separa la memoria de la existencia (este estado transitorio que compartimos).
Los charcos han empezado a secarse pero aún se huele su frescor en el aire, así que podría volar a cualquier sito con sólo pensarlo. Pero la evocación tiene siempre una naturaleza caprichosa.

Como cazadora de sueños que soy, después de tomar el té con una reina y un oso de peluche, dejo Londres atrás con el pensamiento de que en cuanto vea la primera estrella en el cielo de este 27 de septiembre, se completará el ‘Ros Hashaná’ y será el inicio del año nuevo judío.
Seguramente, sea que las escenas de despedida de los rusos que escapan a la guerra ahora, después de siete meses del éxodo de tantos civiles ucranianos forzados a huir de sus casas, me hizo pensar en el deseo de un nuevo comienzo. Y me llevó de vuelta a la ciudad vieja, la más santa.
La primera vez que visité Jerusalén, quiso el destino que fuera tras el ‘Ros Hashaná’. Jamás antes había escuchado sonar un ‘shofar’ o cuerno de carnero (ni lo había visto siquiera). Y entre otras ocasiones, se toca al final de esta importante fiesta.
A pesar de su aspecto primitivo, pues se usa desde la antigüedad para conmemorar el carnero que Abraham sacrificó en lugar de su hijo Isaac, suena como un trombón… ¡Y lo hacen varios a la vez!

Por todas partes en los callejones del barrio hebreo, en realidad, y sobre todo, en la amplia explanada que antecede al ‘Muro de las Lamentaciones’. La escena es de auténtico jolgorio y celebración colectiva.
Cantan y bailan en corro cogidos de las manos y, de repente, te das cuenta de que hay canciones que conoces porque el cine se ha encargado de ello. Y también tú te ves tarareando y dando palmas en medio de un sentimiento realmente contagioso.
Jerusalén se convierte en una fiesta hasta altas horas de la noche del ‘Día de las trompetas’ y las calles están llenas de risas y dulces. Pepitas de granadas, manzanas y miel… Para que, de verdad, lo mejor esté por llegar. Para todos, ‘Shaná Tová’.
Episodio 1. Maracuyá con yogur de Florencia al Antico Caffé de Vegueta.
Episodio 2. Trentemoult, a sólo 10 minutos de Julio Verne.
Episodio 3. Bayona y la playa de ‘La Barra’cambian la rotación de la tierra.
Episodio 4. Biarritz me regaló la espuma del mar.
Episodio 5. Lyon te zambulle en una piscina de bolas.
Episodio 6. Asakusa, donde curas el presente y aceptas el pasado.
Episodio 7. Sumo japonés, la lucha de colosos que todo lo purifica.
Episodio 8. Kyoto, la ciudad que jamás olvidarás.
Episodio 9. ¿Quién se atreve con las mil puertas ‘torii’ de color naranja de Kyoto?
Episodio 10. Isabel II y Paddington, lo que asoma a los ojos de la gente.



























