Santa Rita de Casia es una de las figuras más representativas de la fe piadosa católica.
Natural del centro de Italia, en un humilde pueblo próximo a Roma y muy cercano a Nursia (la localidad natal de otro de los grandes de la Iglesia Católica, San Benito), la onomástica de Santa Rita atrae cada año a miles de fieles en las parroquias canarias, como La Luz y Vegueta, en la capital grancanaria.
Su vida estuvo plagada de altibajos en la salud y en el reconocimiento de la propia iglesia, como fue el hecho de ser admitida en sus primeros pasos hacia la dedicación conventual.
Santa Rita de Casia (1381–1457), fue bautizada como Margarita Lotti. Conocida universalmente como la «santa de los imposibles» o de las causas desesperadas, su biografía fue un testimonio de perdón, perseverancia y paz frente a la adversidad extrema.

En iglesias como La Luz, en el Puerto, se sigue la tradición de regalar una rosa a los fieles. Cuando quiso entrar en el convento de las agustinas, fue rechazada porque estaba casada, pero, para demostrar su bondad, hizo florecer un rosal justo en medio del invierno. Desde entonces la rosa se ha convertido en el principal atributo de la santa, una flor que el cristianismo también asocia a la Virgen María.
La fe en Jesucristo ha traspasado fronteras tras las huellas de Santa Rita. Parecía que desde el primer momento de su nacimiento Dios tenía designios especiales para Rita. Según una tradición, desde que era bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la dulce miel sin hacerle daño y sin que la niña llorara para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se sano inmediatamente.
Después de 200 años de la muerte de Santa Rita, algo extraño ocurrió en el monasterio de Cascia. Las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio durante Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de Santa Rita, el 22 de Mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta la Semana Santa del próximo año. El Papa Urbano VIII, sabiendo lo de las misteriosas abejas pidió que una de ellas le fuera llevada a Roma. Después de un cuidadoso examen, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde en su nido en el monasterio de Cascia, a 138 kilómetros de distancia. Los huecos en la pared, donde las abejas tradicionalmente permanecen hasta el siguiente año, pueden ser vistos claramente por los peregrinos que llegan hoy al Monasterio.





























