Reyes Maroto y Ángel Víctor Torres, en el centro, en Lanzarote.

Reyes Maroto, ministra de Turismo, acusa una falta de tacto político que raya el insulto.

Apuntar a La Palma como blanco del turismo de masas en plena tragedia social, equivale a poner su cargo a disposición si Maroto ejerciera en un gobierno anglosajón.

Pero en la Europa del Sur, los partidos engullen como una máquina tragaperras, y el desprecio a la ciudadanía se vuelve moneda de cambio.

La Palma está envuelta en un crisis sin precedentes en la Democracia, de ahí la visita de máxima autoridad que le brindó Pedro Sánchez.

La isla bonita lleva 4 décadas emergiendo desde una economía rural en precario, hasta convertirse en un destino competitivo para la fruta de exportación y para el turismo sostenible.

Pero el nuevo volcán de Cumbre Vieja (el tercero en menos de 100 años) cambia parte de su ecosistema sin que sepamos cuánto durará la erupción y, sobre todo, sin conocer los daños materiales.

Más de mil casas destruidas o en riesgo, cultivos, áreas ganaderas y 5.500 personas evacuadas, componen un saldo extremo que Reyes Maroto se tomó a la ligera.

Sus meteduras de pata durante la pandemia, anunciando mejoras inmediatas en el sector alojativo, solo provocaron desconfianza a los operadores.

El electorado madrileño le negó su pase a la vicepresidencia de la Comunidad junto a un hipotético Gobierno de Gabilondo,  como prueba del rechazo social que suscita su trayectoria tibia al frente de un ministerio del que depende un tercio de la economía española y más del 80% de la riqueza de Canarias.

La Palma, aunque la ministra rectificara a regañadientes horas después, es digna de un respeto mucho mayor.