
Maudie ¿Puede el color de la vida manar de unos pinceles? ¿Acaso es posible dejar de soñar cuando los pies no te llegan al suelo jamás? En realidad, no hay como no pisar tierra firme para que la vida pinte con colores propios y soñar cada minuto de ella.
Sentada con los pies colgando, Maudie toma la vida al balanceo y decide. Decide por sí sola salirle al encuentro. Será ahí, justo en ese momento, cuando Maudie empiece realmente a vivir, dejando respirar a la persona y al personaje que lleva dentro.
Pero, ¿qué hay dentro de Maud? Todo. Todo un mundo de pequeños detalles y grandes esfuerzos, llenos por igual de una inmensa vitalidad que la llevarán a superar una precoz artritis reumatoide semi-invalidante.
Y, más importante que eso, la llevará a superar el opresivo entorno que la margina, subestimándola como un ser dependiente. La verdad es que Maud es capaz de sentir y ansiar (ansiarlo todo), al margen de su condición física.
Siempre con una sonrisa. Siempre curiosa. Por todo y por todos. Perspicaz e ingeniosa en su cuerpo menudo, que irá retorciéndose con el tiempo y mermando su movilidad, saldrá al mundo sin abandonar el espacio de una pequeña casa de madera.
Aislada. Pero con una ventana por la que Maud sabe mirar. Sabe qué mirar. Y es que, en realidad, ¿cuánto espacio necesita un alma que no conoce fronteras? ¿Puede la pureza inundar la vida del otro a base de sólo ser? ¿Acaso no es eso la verdadera entrega?
En verdad, no existe más. Y Maud sabe verlo. Y pintarlo. Está claro que supo. Porque el film “Maudie: el color de la vida” está basada en la vida real de Maud Dowley, artista naïf (aunque quizá ella nunca llegó a saberlo).
Maud Dowley se sirvió del color y la pintura para cambiar la realidad más inmediata que la rodeaba. Y llegó a vivir de los cuadros que vendió sin salir de su pequeña casa.
“Toda la vida ya está enmarcada y está justo ahí”, dice la actriz Sally Hawkins, en el papel de la artista costumbrista canadiense Maudie. Mirando por la pequeña ventana que la empuja a seguir viviendo.
La biografía de Maudie es mucho más que una historia de superación personal. Es poesía en relato vivo. Y la directora irlandesa Aisling Walsh sabe captar esa misma sensibilidad con la cámara. Al igual que sus actores.
Ethan Hawke lo consigue con cada mirada. Aparentemente tosco y huraño como pescadero carente de habilidades sociales, sin embargo, despliega una energía desbordante de la generosidad y comprensión que necesitaba hallar Maudie.
La suya será una relación de complicidad y entrega que retrata el verdadero amor, sin idealizarlo. Neófita y ‘alternativa’ (pero no tal y como entienden este término los academicistas), se convertirá en foco del ‘arte folk’ sin saber lo que son los círculos intelectuales.
Emotiva y llena de pequeños detalles, como la misma pintura de Maud, la película consigue conquistarte sin caer en la lágrima fácil. La directora sabe apostar en la historia por la misma luz que hay en la mirada de Maud, dejando de lado las sombras que enrocaron su existencia.
La tristeza y la ensoñación saben convivir, en perfecto equilibrio, para encandilarte y querer saber más sobre una artista prácticamente desconocida en Europa, a la que un buen día una marchante de arte de Nueva York halló en una pequeña aldea de Nueva Escocia. (Gracias, eso sí, a que le gustaba el pescado a la mesa).
Cinta más que recomendable (imprescindible, diría yo, de esta temporada), porque “toda la vida ya está enmarcada y está justo ahí”, en la gran pantalla del cine.
























