“Y una espada atravesará tu alma…”. Las palabras del viejo Simeón el Justo parecen resonar en el soleado patio del Centro de Cultura Contemporánea de San Martín, en Las Palmas, estos días. Pero no repican, como harían las campanas, sino más bien silban su eco a rebufo del viento que se cuela desde el barranco, siempre con insistencia. Y es que ‘las Dolorosas de Luján’ se han instalado en sus salones para quedarse un tiempo, al menos un tiempo. Se miran entre ellas a los ojos, confrontadas en un mismo espacio, reconociendo ahora juntas su idéntico dolor, pero con esa mirada huidiza que protege al sentimiento cuando quiere quedar contenido. Lejos también ahora de las plegarias a solas, de esos ‘apartes’ en los que las pequeñas velitas se encienden y apagan a golpe de una moneda, entre tantas y tantas oraciones susurradas. Peticiones que nacen lo mismo del amor que del dolor.
Cuando el anciano Simeón vio entrar al niño en brazos de sus padres al Templo de Jerusalén, les bendijo y supo al instante que vería cumplida su promesa, y dice San Lucas en su Evangelio (2, 33–35), que profetizó a la madre de Jesús: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.”
Y así quedó, atravesada. Ahí sigue, en el pecho de Nuestra Señora de los Dolores de Luján Pérez, que se encuentra en la capilla del mismo nombre en la Catedral de Las Palmas, más conocida como la ‘Dolorosa de Luján Pérez’, por tratarse de una de las obras cumbre del imaginero canario. Una talla completa, exenta o de bulto redondo, que representa a la Virgen María a los pies de la cruz, realizada en madera de cedro, policromada y estofada, que sale en procesión la mañana del Viernes Santo, en la que es conocida como la de ‘Las Mantillas’, por esas mantillas blancas de calado canario que llevan las niñas que la acompañan.
Pero estos días, no. Su hueco ha quedado vacío como el de tantas otras imágenes en sus respectivas parroquias, pues hasta un total de 174 esculturas de José Luján Pérez, el gran artista de la imaginería en Canarias, se exhiben en una exposición que alberga el Centro de Cultura Contemporánea de San Martín bajo el título “El Hombre y la Obra 200 años después”, con motivo del bicentenario de su fallecimiento.
La muestra, que podrá visitarse hasta bien avanzado el verano, concretamente hasta el 28 de agosto, reúne las imágenes más destacadas de este autor barroco que supo anticiparse a las formas del neoclásico. Algunas de las esculturas presentes en esta histórica exhibición coinciden por vez primera en una misma sala, pues ha logrado congregarse para la ocasión el trabajo que se hallaba disperso por casi todo el Archipiélago, custodiado por las diferentes parroquias para las que fue realizado en su día, y también algunas piezas procedentes de fuera de las Islas.
El Centro de Cultura Contemporánea San Martín acoge durante cuatro meses 174 obras en la mayor exposición del artista guiense con motivo del bicentenario de su muerte.
Son cuatro meses en los que la espiritualidad y el arte conviven bajo el mismo techo pero fuera de las iglesias, como acostumbra a ser. Y lo hacen en una sala de exposiciones, pero no en hornacinas sino a ras de suelo, como ese arte directo que elimina la cuarta pared y aborda al espectador cara a cara. Los feligreses, que en un principio se mostraron tristes por tal cesión de las imágenes destinatarias de sus invocaciones, ahora, en realidad, podrán sentirse cómplices de quien siempre está ahí para sus rezos, cuya mano permanentemente tendida a la espera de nuestros ruegos, nos abre ahora las puertas de San Martín cada día.
Decía el Obispo de la Diócesis de Canarias, Francisco Cases, el día de la inauguración, que tenía “la sensación de que las imágenes se sentían un poco violentas con tanta gente a su alrededor, acostumbradas como están a esperar la visita en silencio, en su rincón de cada capilla”. Y a mí, en ese momento, rodeada como estaba de toda esa bulliciosa congregación que acompaña siempre a un acto inaugural, sus palabras me hicieron recordar la letra de aquella canción que compusiera Germán Copini para Golpes Bajos. Y me solidaricé con todas ellas, con las 174, y me sonreí con el obispo (aunque él no pudiera verme entre tanta gente), mientras la canción sonaba insistentemente en mi cabeza…: “No mires a los ojos de la gente/ me dan miedo, siempre mienten/ no salgas a la calle cuando hay gente/¿y si no vuelves? ¿y si te pierdes?/ Escóndete en el cuarto de los huéspedes/ con todo a oscuras no pueden verte/ las calles se van llenando de gente/ en mi escondite puedes quererme/ puedes quererme/ Quédate a mi lado/ no lo pienses más…”

(Fotografía: Lo que mi ojo no ve)
Los que no mienten son los ojos de las esculturas de Luján Pérez, semi cerrados a veces y bañados por la tristeza en su expresión, porque el maestro canario supo imprimirles ese temperamento pasional junto al profundo sentimiento religioso…“Quédate a mi lado”, parecen decir ellas también, todas ellas. Y casi sientes entonces el visaje de sus paños en movimiento, que arropan su espiritualidad, la esencia misma de su identidad, y el impulso de volverte para mirar si es que acaso ha variado su posición al darle la espalda. Son imágenes muy realistas, armoniosas y elegantes en sus acabados, pero tremendamente pulcras en el tallado de sus formas. Es esa serenidad con la que el imaginero canario esbozó la transición hacia el neoclasicismo.
Resulta lógico, tal y como señala la comisaria de la exposición, María Hernández, que la fecundidad de su productividad estuviese volcada en el tema religioso casi con exclusividad, y vinculado a los pasos de Semana Santa, como norma de la época, ya que se trabajaba por encargo la mayoría de las veces. De hecho, más del 70% de sus obras pertenecen a ese ámbito eclesiástico, y la gran mayoría se encuentran en la isla de gran Canaria (139), a la que sigue Tenerife (43). Pero trabajó para todo el Archipiélago Canario, tal y como muestra esta exposición, aunque sus obras maestras se encuentran con certeza en la Catedral de Canarias: el Santísimo Cristo de la Sala Capitular y Nuestra Señora de Los Dolores de Luján. Dos obras consideradas de las de mayor calidad técnica y que encumbraron a Luján Pérez como escultor.

Un renovado mundo de Santos
Sin embargo, el propio artista también mostró su inclinación por la ‘Dolorosa’ de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de La Laguna en Tenerife, conocida como ‘La Predilecta’, el Cristo de la Columna de la Basílica de Nuestra Señora del Pino de Teror o el Cristo de la Vera Cruz de la Iglesia Matriz de San Agustín de Hipona en Vegueta, como obras que se cuentan entre las más importantes del autor.
Y en ese paseo místico dispuesto en el espacio de San Martín que invita a mirar a la cara lo mismo a Santa Verónica que al Santísimo Cristo Predicador, ambas de la Iglesia de Santo Domingo del Barrio de Vegueta de la capital grancanaria, entre salas que llevan por nombre títulos tan sugerentes como ‘Un renovado mundo de Santos’, ‘Ángeles e Infantes’ o ‘Lección de anatomía’, el visitante entiende la grandeza de este artista y cómo fue capaz de superar a sus maestros desde la lejanía de las islas, hasta el punto de crear su propia escuela de escultura. Uno casi lo imagina buril y cincel en mano, sentado en la calle de atrás a unos 200 metros de donde hoy dialogan entre sí sus figuras, en el número 5 de la calle Santa Bárbara, donde José Luján Pérez tenía su taller y su vida. Impulsor del arte canario, supo cambiar los modos del ‘barroquismo’ de la época y, desde la sobriedad de su estilo, convertirse en referente para sus discípulos isleños.
En referente de esta muestra, y de modo inevitable, parece convertirse también el emotivo encuadre de los cinco Cristos crucificados que cuelgan por ambas caras de un tríptico de paneles transparentes, que da otra dimensión al momento de la Pasión de Cristo, y que compite directamente en impacto visual con un impresionante San Miguel Arcángel traído de la Parroquia de Valsequillo, que parece erigirse en verdadera torre protectora de toda la exposición, del propio Luján Pérez y su etela. Y, por qué no, de todos.

























