
León XIV trazará, en junio de 2026, la senda que Francisco dibujó en el imaginario de la colectividad tanto eclesiástica como solidaria.
Dos años después de la visita a Roma del Gobierno canario y de los prelados de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, el Vaticano sale en tromba contra influencias políticas e institucionales para dejar claro que los viajes del actual pontífice son, ante todo, testimonio misionero de Fe y evangelización, y no sólo visitas a espacios que conmemoran efemérides o proyectos arquitectónicos por muy valiosos y culturales que resulten.
A nadie se le esconde que hubo presiones de última hora de comunidades autónomas conservadoras para suprimir o posponer cualquier extensión papal a Canarias. La imagen del Pontífice junto al fenómeno migratorio resta argumentario a la narrativa de gobiernos que, simplemente, han rechazado aceptar a menores no acompañados.
La Santa Sede, con el acompañamiento de Argüello, Magán, Cobo, Omella y Mazuelos (Eloy Santiago también comunicó su aliento), ha ofrecido imagen de valentía, de asumir que la periferia (como la definió Cristónal Déniz), también existe y que de su lección moral de compromiso con el necesitado (5.000 menores en 87 centros hablan por sí mismos), brota la sal de la vida y la parábola del buen samaritano. Que nadie se engañe pero incluso en los gentiles puede hallarse más fe que en las feligresías saciadas con su cinturón de confort, como se trató de laminar a Canarias en las semanas previas al Consistorio de Cardenales y al grupo de evaluación de la agenda papal en España, liderado por el secretario de la Santa Sede y papable en el último Cónclave, Pietro Parolin.
León XIV ejerce de misionero y apóstol global, como Francisco, Benedicto XVI y Juan Pablo II. La sumatoria del sucesor de San Pedro continúa y, de esa actitud, Canarias debe aprovechar la oportunidad para colocarse en el mapa global de la caridad.


























