Juan Jiménez ha sido uno de los más enormes poetas e intelectuales de Canarias. No hay paladar cultivado en las Islas de quien no haya oído esta sentencia, con el orgullo de estar impartiendo verdadera justicia.
El poeta que allendó a Pinochet es, desde su mismo título, un enorme hallazgo literario, un ejercicio de intenso amor filial bordado con las puntadas de la palabra precisa. La escritora Nadia Jiménez, la hija de María Castro y Juan Jiménez, ha resuelto de manera brillante su tarea más complicada, un homenaje al compromiso vital de su padre, de sus padres. La solidez con que Nadia Jiménez ha logrado aunar la querencia y admiración de hija hacia Juan y María con la fortaleza de una propuesta verdaderamente literaria no es casual, sino macerada en el tiempo: Nadia Jiménez es ya autora de tres libros de relatos previos, ‘Dátiles por la vereda’, ‘Ucrania sin cielo’, y ‘Es el tiempo’, en un proceso de descubrimiento de una voz propia que le ha permitido, ahora, lograr una textura inédita, dificilísima: una obra trenzada a partir de la voz poderosa de los versos de su padre y de la voz de la propia Nadia; un texto que es a la vez prosa, verso, crónica, reflexión histórica; trenzada con el hilo trágico de un acontecimiento colectivo, coral, político, y el relato más íntimo de la vida familiar, doméstica, del recuerdo más nimio que en la memoria de una niña, la propia Nadia, es inmarcesible, no marchita nunca: la sinestesia infinita de la música escuchada por María C. – Víctor Jara, Mercedes Sosa, Quilapayún, Nino Rota, muchos otros – culminada con un primer concierto juntas y una toalla playera dedicada a Jimmy Hendrix; del olor a potaje en la primera y humilde casa de Pura Bascarán, o las sorprendentes panteras rosa con chocolate dentro; del molesto y entrañable escay rojo del sillón; del simbolismo del cuadro ‘Los novios’, de Juan Ismael, comprado por Juan Jiménez para María C., como símbolo de la pareja conformada, y colgado en la pared familiar y en la memoria de Nadia ya para siempre.
«Que Juan Jiménez estuviera en Chile tampoco era casualidad, sino la culminación de su vocación por aproximarse al otro, por conocer al otro, por vivir al otro, por adentrarse y convertirse en uno más en el proceso democrático chileno»
Para lograrlo, Nadia Jiménez ha escogido una de las experiencias vitales que sintetizan quién era, y para qué vivía, el poeta Juan Jiménez. El 11 de septiembre de 1973 Juan Jiménez se encontraba en Chile, y el presidente elegido en las urnas por la ciudadanía, el doctor Salvador Allende, era víctima, y con él todo Chile, de un golpe de estado, por parte de su militar de confianza, Augusto Pinochet. Por supuesto, el golpe de estado no era una casualidad, sino la culminación de una tensión construida – la huelga de camioneros, el tanquetazo – por quienes entonces desde Estados Unidos sometían a un continente entero. Por supuesto, que Juan Jiménez estuviera en Chile tampoco era casualidad, sino la culminación de su vocación por aproximarse al otro, por conocer al otro, por vivir al otro, por adentrarse y convertirse en uno más en el proceso democrático chileno que, por primera vez, llevó a una propuesta de izquierdas al Palacio de la Moneda, a gobernar Chile. Juan Jiménez, así nos lo fue contando a quienes tuvimos la fortuna de ser sus amigos, y así Nadia lo vivió como hija en su día a día, quien había aprovechado sus vacaciones como trabajador de Iberia para pasar parte de sus vacaciones experimentando el Chile del Frente Popular, esgrimió esa condición de trabajador de Iberia, su carisma seductor, su carácter indomable ante la injusticia, su coraje de poeta criado en la humildad del Carrizal, para lograr introducir con la complicidad de la tripulación en su vuelo de regreso a Gran Canaria a dos hermanos, Gisela y Lucho, y salvarles la vida: El poeta que allendó a Pinochet.
Me van a permitir que, a partir de aquí, les hable lo que me ha evocado, desde una perspectiva estrictamente personal, este abrigo de costura amplia que Nadia ha tejido para todos nosotros en el mejor de los telares, el de la herencia vital y moral de sus padres. Como creo que, si deciden leerlo, y espero que sí, cada uno de ustedes encontrará su vínculo personal a partir del libro, y se sentirán igualmente abrigados con el placer del recuerdo de la rutina de la vida familiar, de los gestos mínimos de los padres que, con el tiempo, se tornan en tesoros de la memoria; con los espacios domésticos, grandes o pequeños, siempre inmensos en la añoranza; de las leyendas familiares, de los logros y pérdidas que, mientras crecemos, comenzamos a evaluar cuánto tenían de verdad y cuánto de engrandecimiento en nuestra sensibilidad infantil.

Nadia también se ha abrigado con el recuerdo infantil de esa epopeya de su padre y ha sido fiel a su mirada de niña, ofreciendo un texto fragmentario, construido como se construye la conciencia de un niño, uniendo poco a poco las piezas de un puzzle que, normalmente, nos lleva toda una vida: los poemas del padre, el feminismo incipiente de la madre, la impaciencia de la espera, las frías cuchilladas de la realidad, convertida en estadios como campos de concentración, en desapariciones y muertes, en presidentes a los que suicidan. Con esa técnica fragmentaria, Nadia Jiménez ha convertido a la Nadia niña en un enorme personaje literario, como la niña que mira la Guerra Civil, de la que nunca conocimos el nombre y que es la propia Nivaria Tejera, en El Barranco; como Beatriz, la niña que espera impaciente a su padre preso y que alcanza a consolarse porque libertad es una palabra enorme, en Primavera con una esquina rota, de Benedetti; como Marina, con la que tuve la suerte de encontrarme cuando aún nadie la conocía, la niña de ese hallazgo para la literatura que es ‘Vozdevieja’, de Elisa Victoria, una de las últimas grandes implosiones de la literatura española; o la protagonista, trasunto de Andreu Abreu, y su amiga Isora en ‘Panza de burro’, el último de los universos femeninos en mostrarnos la lucidez desde la fragmentariedad de la infancia.
Y, con el mismo rigor y a partir del fragmento, convierte a Juan Jiménez en héroe literario, con la textura de los héroes clásicos: humanos hasta el miedo, al que vencen con coraje en su vocación de justicia. Así es Juan Jiménez, triunfador ante el pánico, íntegramente humano en su coraje y jugándose la vida por salvar la del semejante. Un Juan Jiménez que ofrecía en plenitud de vida su testamento vital, en el que ese semejante trascendía las fronteras, en este caso las fronteras canarias del mar (“Quiero que mis hijos vayan/por la vida con conciencia/de que el mar no acaba aquí/y que no es aquí que empieza”) y que forma parte de la estirpe de grandes escritores canarios ocupados en el otro, en lo social, en lo político, como Galdós y el Nobel que nunca fue, o como José Betancort Cabrera, al que todos conocemos como Ángel Guerra y por su obra La Lapa, o a Guillermo de la Torre, ambos combatientes desde la palabra y avisadores del talante prefascista de Martinelli y su futurismo.
«Nadia Jiménez se convierte en periodista y en historiadora, con una crónica analítica de los hechos, con una investigación de los acontecimientos, las personas, los momentos, con que completar seguramente la inacabada percepción que su memoria infantil tenía de la tragedia de 1973 en Chile»
Y, con el mismo rigor y uniendo fragmentos, convierte a la pareja que fueron sus padres en los personajes literarios que ya eran – La canción necesaria con María C. fue su primer libro –, personajes también en la vida, en su acepción más entrañable: cualquiera de quienes los veíamos, cogidos de la mano por las calles, sabemos que eran dos versos que componían, juntos, una misma estrofa.
Nadia Jiménez, como ya he comentado, resuelve con brillantez el enhebramiento de los poderosos versos de Juan Jiménez (“Quiero dar la medida de mi silencio”, “Vivir es lo único cierto”) con su propia palabra, concediendo lírica hasta al resultado macabro del levantamiento pinochetista (“las cifras sangran solas”, nos dice), para alcanzar el vuelo poético imprescindible de una vida que era poesía misma. Y alcanza plenitud en su prosa con la tensión permanente de esa salida desde Santiago de Chile, que se demora en el tiempo y que parece que nunca culmina, con las herramientas clásicas que ya nos dio la Poética de Aristóteles hace veinticuatro siglos, y que nunca caducan: la peripecia infinita de la huida de la barbarie, y la catarsis final, en que las personas de entonces, nuestros personajes literarios ahora, y nosotros los lectores, concluimos transformados, sabedores al fin de que la vida siempre ofrece resquicios a la bondad. Y Nadia Jiménez se convierte en periodista y en historiadora, con una crónica analítica de los hechos, con una investigación de los acontecimientos, las personas, los momentos, con que completar seguramente la inacabada percepción que su memoria infantil tenía de la tragedia de 1973 en Chile.
Es aquí donde voy a detenerme para apuntar que, si esta obra llega en el momento de maceración y madurez de la escritora Nadia Jiménez, también muestra y demuestra la madurez de Mercurio Editorial y su creador, el historiador y periodista, Jorge Alberto Liria, tantas décadas dedicado ya a la publicación. Este libro como objeto es una excelente edición, sin florituras, pero de una calidad innegable, que encarna a otro de los personajes de la obra, el equipaje de vuelta de Juan Jiménez, en su regreso a Gran Canaria desde Chile. Y el libro objeto que nos regalan Jorge Alberto y Nadia es el propio equipaje de Juan Jiménez, con el último discurso de Salvador Allende oculto en dulce de leche, y al que aquí podemos acceder, en una de las solapas del libro, de forma digital. Y en el equipaje de algunos de los documentos que explican el contexto que vivió Juan Jiménez y sus contemporáneos: la portada de L’humanité dando cuenta del golpe de estado, el manifiesto conjunto de PSOE y UGT denunciándolo, y de algunos de los tesoros vitales: fotografías personales, dibujos de María Castro, la obra ‘Los novios’, de Juan Ismael; algunas portadas de ‘Punto final’, la revista chilena que repartía entre los amigos creadores y de inquietud política de Canarias; y su aportación imprescindible al Primer Congreso de Poesía Canaria, de abril de 1976, La función del creador en el momento actual de cara a la transformación de la sociedad en Canarias’. Una copia de ese documento, brindada por Juan Jiménez, se encuentra orgullosa entre mis libros.

No quiero acabar sin compartir con ustedes las evocaciones de mis viajes a Chile, país que no conozco, que me ha provocado leer esta obra. Cuando tenía 15 años, mi madre hizo un esfuerzo y me regaló en Reyes la discografía completa, en vinilo, de Víctor Jara, y una guitarra. En 1989, la viuda de André Breton, el padre del surrealismo, Elisa Breton, tuvo a bien que la acompañara en el asiento contiguo de la guagua en un recorrido por Tenerife y me confesó que su marido siempre había querido viajar a la isla de Pascua: ella lo hizo, a su muerte, como homenaje. En 1991, Alberto Volo, miembro de los servicios secretos denominados Red Gladio, me confesó que participó en la organización de la huelga de camioneros para paralizar Chile, por orden de la CIA, y así lo publicamos en Canarias7, mucho antes de que se admitiera en el ámbito internacional; el 17 de enero de 1999, la portada del primer número del periódico La Tribuna de Canarias que tuve la suerte de dirigir, justo el día anterior al segundo juicio a Pinochet en Londres, estaba dedicada a una entrevista, la única que concedió, a Hortensia Bussi, la viuda de Allende, mérito del gran periodista, ya fallecido, Toni Travería. Y, a principios de la década de los 2000, acudí a uno de los talleres de la primera edición de Docusur, en Tenerife: lo impartía el gran Patricio Guzmán, autor de La batalla de Chile, uno de los mejores documentales políticos de la historia del cine e imprescindible para conocer qué pasó, y por qué, en esos años en el país andino.
Para finalizar, regreso al regalo polisémico que nos hace Nadia Jiménez desde el título de su obra, ‘El poeta que allendó a Pinochet’, ese hallazgo sintético, musical, atractivo y tentador que, para mí, es como otro juego infantil, una especie de cubo de rubik conceptual, al que podemos dar vueltas y más vueltas y encontrarle múltiples significados. Nadia convierte en verbo el sonoro apellido de Salvador Allende. La primera tentación es la de acudir a la acepción canónica de allende, más allá de, y cómo Juan Jiménez logró llevar más allá de la cárcel en que Pinochet convirtió a Chile a dos de sus potenciales condenados. Pero voy a proponer otra posible interpretación más amplia: la bonhomía, la valentía, el coraje y la ternura de Juan Jiménez es la encarnación de lo que proponía el proceso democrático chileno y Allende para su propio país y para su continente entero. La victoria de Juan Jiménez, de Gisela y Lucho, es ínfima alegría en el mar de vidas cercenadas, pero es la de miles y miles acciones en el tiempo, aparentemente insignificantes, que fueron logrando allendar a Pinochet, ganarle la batalla en nombre de Allende y de aquellos a quienes representaba: Juan Jiménez allendó a Pinochet porque, en su lucha diaria, logró la prevalencia de los principios que Allende representaba.
No es nada fácil disponer sobre el telar de la literatura la amplitud humana e intelectual de Juan Jiménez. Y Nadia ha sabido de manera brillante aunar y contener la tensión emocional y creadora de hija y escritora para transmitirnos con esta obra la integridad inmensa de su vida, de su entraña de hombre justo, y de escritor enorme. Nadia Jiménez se ha convertido, a mi juicio, dando nueva vida a su padre, a sus padres, y a sus principios, en ‘La escritora que jimenó a Canarias’.
*Texto leído en la presentación del libro, junto a su autora Nadia Jiménez, y el editor, Jorge Alberto Liria, en el Aula de Piedra del Rectorado de la ULPGC, el 8 de noviembre de 2024.
Federico E. González Ramírez es profesor de Sociología en la Universidad de Las Palmas GC, y periodista.

























