Lo sucedido este domingo en Cataluña superó con creces el peor escenario que nos hubiésemos imaginado. Mi sentimiento al final de “La Jornada electoral” fue de vergüenza, bochorno e incredulidad ante el espectáculo vivido.
Pero la experiencia ha servido de algo; a saber: el bajo nivel, la poca catadura humana y la absoluta incapacidad de los actores políticos para resolver los problemas que la sociedad actual propone.
De un lado, un Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, descaradamente escondido enviando, como siempre que hay una crisis, a la vicepresidenta Soraya Sainz de Santamaría, cargando la responsabilidad en fiscales, jueces, mossos, directores de colegios y funcionarios, negando lo que estaba sucediendo en Cataluña, dando instrucciones para que TVE no ofreciera información puntual, minimizando los acontecimientos y autorizando la brutal carga policial contra la población civil. Ese no es el camino y nunca lo será.
Por otro lado, Carles Puigdemont tensando la cuerda hasta la ilegalidad, con un referéndum de pandereta que ningún país democrático dará por válido. Un referéndum que no tuvo campaña a favor del NO con un censo universal sin garantías y que se quiere dar como vinculante con una participación general del 40%, también es verdad que no se permitió desde el Estado que fuera de otro modo.
En el fondo, lo que se pretendía era la movilización ciudadana como escaparate al mundo y que se viera la desproporción de las medidas de represión.
Estas dos posturas claramente enfrentadas en la sinrazón no nos llevan a ningún lado y da la sensación que solo con la rendición incondicional del “adversario” se termina el conflicto.
Cataluña no puede estar tomada a la fuerza indefinidamente, únicamente el diálogo, como nos demuestra nuestra historia más cercana, es la alternativa para solucionar los problemas de un país, para eso hace faltan líderes de altura que respeten las posturas contrarias pero estamos ante la peor camada de políticos que nos gobiernan desde los principios de nuestra democracia, están anclados en el NO y todos se presentan ante el resto de la sociedad como las víctimas de lo sucedido.
En Cataluña hay 3 millones de ciudadanos que no se han expresado o no los han dejado expresarse, están silentes, expectantes a ver qué sucede. Ellos van a marcar la diferencia cuando se les escuche. En la Cataluña silenciosa están los ciudadanos autonomistas o nacionalistas que prefieren quedarse en territorio nacional y no han tenido ni voz ni voto en esta convocatoria, aún cuando tienen mucho que decir ya que están en medio de toda esta locura.
El mundo democrático, desde la ONU a la UE, se ha expresado no dando por valido el formato del referéndum ni la violencia ejercida por el gobierno el 1-O, tomemos nota.



























