Juan Jiménez, en 2016, durante la entrega del Can de Plata del Cabildo GC.

(Texto íntegro de la intervención de Franck González, director de la Casa Museo Antonio Padrón, en Gáldar, durante la lectura del libro ‘El poeta que Allendó a Pinochet’, de Nadia Jiménez).

Sean bienvenidos en nombre del Servicio de Museos de la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, a esta presentación del libro de Nadia Jiménez, «El poeta que allendó a Pinochet». La presencia de Nadia hoy aquí no requiere presentación alguna de mi parte, toda vez que todos ustedes conocen de su trayectoria y es posible, aún, que ya hayan leído este magnífico volumen. Pero quiere la memoria, y su autora, que glose algunas palabras.

Bien saben quiénes me conocen que no me gusta extenderme en presentaciones en mi propio museo. Pero hoy habrá que hacer un hueco para dar cabida a algunos recuerdos. Hace mucho tiempo que conozco a Nadia y a su marido, el periodista José Suárez Mújica, Pepe Mújica, ambos al frente hoy del proyecto de comunicación Espiral21. Pero conocí antes a su padre, al gran poeta del Sur, a Juan Jiménez (Carrizal del Sur, 1940- Las Palmas, 2019), una voz profunda y relegada. Una voz que era una referencia obligada para quienes a la poesía se acercaban en las islas, un fermento de la literatura de los años sesenta, setenta y ochenta.

Juan se suma pronto a Latitud 28. Tony Gallardo acababa de llegar en 1961 de Venezuela y ponía en marcha desde el Partido Comunista de España (PCE) aquella nueva edición de la barraca lorquiana. Allá estaba también José Luis Gallardo y su gran amigo Manuel González Barrera. Juan organizará con el grupo las dos primeras «Caravanas de la cultura» en Carrizal e Ingenio, allá por diciembre del 63 y enero del 64, respectivamente.

En 1966 publica su primer libro, «La canción necesaria con María C», y es incluido en la antología «Poesía canaria última», por Lázaro Santana y Eugenio Padorno. En 1967, su libro «Y no es por el peso del sol por lo que cae» obtiene el premio Ansite, organizado por el Cabildo de Gran Canaria. En 1968 ingresa en el PCE, pero Juan, de natural rebelde, no acepta los márgenes del juego y propone, a finales de 1969, la creación del Partido Comunista Canario, defendiendo la necesidad de la independencia de las Islas.

En 1970, Juan viaja a Chile y Argentina, y en septiembre de ese año rompe de manera definitiva con el PCE. A partir de ese momento pasa a ser un paria para la izquierda y una amenaza para el Régimen. Apenas un puñado de amigos de la cultura, entre los que estaba, naturalmente, Rafael Franquelo, lo consideran. Juan participará en el polémico Primer Congreso de Poesía Canaria de abril de 1976 de La Laguna, ciudad en la que estudia la licenciatura de Geografía e Historia. Allá escribirá aquel lema lapidario que aún resuena de que «nadie va a venir aquí a hacer lo que tenemos que hacer».

En 1980 se publica «Itinerario en contra (1961-1975)»: el libro cierra –como señala el propio Jiménez– «el ciclo sentimental más amplio» de su vida hasta ese momento. En la década de los ochenta se ahonda un periodo de silencio que se extenderá hasta 1995, año en que publica «Epigramas». Sus últimas obras, «Planeta personal» y «Quinto cuadrante», permanecen inéditas.

No recuerdo cuándo me topé por vez primera con aquel hombre de mirada baja, cargada por el peso de lo vivido. A la vera siempre su mujer, la también poeta y pintora María Castro, su María C, con la que tuve la suerte de poder articular una pequeña muestra en mi anterior destino, en la Casa-Museo León y Castillo. La salud no permitió que coincidiéramos, pero pudimos dar cauce a su última muestra antes de partir al otro lado del espejo…

Pero volvamos atrás, a un desvencijado sofá, en la salita de su casa, frente al antiguo cine, debajo de un estupendo Juan Ismael, amigo de la familia de toda la vida. María preparaba una infusión en la vecina cocina. Y allí, aquel viejo militante de la verdad y de la poesía emprendía el relato de sus recuerdos, de los problemas con sus camaradas del PCE, de las perrerías que le hacían, dejándole los paquetes con la revista clandestina del partido en la puerta de su casa para que la policía lo detuviera…, es lo que tiene estar a la izquierda de la izquierda…, de los seguimientos de la secreta…, de su larga relación con Tony Gallardo y con Mela Campos, y de su amigo Manolo González Barrera. Quizá fuera éste quien pusiera en contacto al poeta de Carrizal con el mundo del pintor de Gáldar. Y aunque el mundo de Juan Jiménez y el de Antonio Padrón distaban eones uno del otro, Juan le escribiría –tras su muerte- el poema «Pregunto a Antonio Padrón», que incluiría en su poemario «Itinerario en contra».

PREGUNTO A ANTONIO PADRÓN

Jamás me he dirigido a un muerto
como me dirijo a ti ahora,
Antonio Padrón.

Hace una tarde
que vale junios enteros, joven, muy joven,
de menos de veinte años.
Se puede vivir esta tarde aquí en esta playa plenamente
y no importa que uno haya pasado de esa edad
hace tiempo,
eso no importa mucho.

Es la verdad.
Vida de comuna. Intento de vida de comuna.
Se bebe el agua de mano en mano,
se come de la mano del compañero
que está más cerca de la fuente en el medio sobre la arena.

Y yo te pregunto, Antonio Padrón, si la tristeza que había
en el fondo de tus ojos en vida

que es la misma tristeza con que tú desnudabas los ojos
[de los campesinos y los de las cabras

también la ves en mí ahora
en esta tarde
que ya no es mía,
que ya no puede serlo,
que no lo ha sido nunca

y no quiero robar nada que haga más grande
este origen
ni quemar
los rencores totalmente, no.

Juan Jiménez, de Itinerario en contra (1961-1975)”

Un poema que se incorporó en la primera entrega de «Escritos a Padrón», compilados por Rosa María Martín y publicados en 2003 por César Ubierna. La memoria de Juan quedó allí. Pero no lo que había alrededor de aquella memoria. Por eso es importante este libro de su hija Nadia.

Poco suele quedar de nuestros creadores en esta tierra en la que a la calima del desconocimiento sucede la calima del olvido. Y sobre eso, las limpiezas que cada bandería trazó, en el transcurrir de los años, sobre las banderías adversas.

El encogimiento cultural, que nos lleva como sociedad a dejar en manos de forasteros lo que es correcto y lo que no -véase el último episodio de la exposición del Reina Sofía sobre Néstor-, propio de un modelo colonial de dependencia, dejó atrás, como no, la labor de este hombre. Ya lo había dejado escrito Juan en aquel Primer Congreso de Poesía Canaria: «La colonización cultural es el grado supremo, óptimo, de la colonización».

Por eso es importante este libro de su hija Nadia.

Al leer sus páginas, el lector podrá adentrarse en las miradas de Juan, en el pensamiento coherente y valiente de Juan. En las agallas –o en la inconsciencia- para saltarse todas las prudencias y jugarse la vida para salvar a un hermano no de sangre, sino de ideas. Ya lo había dejado escrito Juan: «Hay que vivir la vida cheguevaramente, cheguevaramente».

El libro, estoy seguro, no dejará a nadie indiferente. No por traer la proeza poco conocida de una acción que salvó dos vidas. «Quien salva una vida salva el mundo», dice el Talmud. Este libro salva también la vida poco conocida de un hombre que quedó en silencio porque el mundo, su mundo del Sur cambió drásticamente. Porque sus apareceros se convirtieron en recepcionistas y camareras de piso. Y aquello era salir del hambre vieja. Porque los años verdes, marcados por el Frente Polisario y el MPAIAC, terminaron. Porque Canarias quería sumarse a Europa y dejar atrás todo el africanismo del «Manifiesto de El Hierro» y de los Afrocanes de Martín Chirino. Y aquello era salir del hambre vieja. Porque el mundo cambia. «Cambia, todo cambia», cantaba Mercedes Sosa.

Pero Juan no cambió. Por eso es importante este libro de su hija Nadia.

Porque al leerlo Nadia nos devuelve a quien, como el ex presidente uruguayo Pepe Mújica, vivió como pensó.

Porque al leerlo Nadia nos devuelve una voz del Sur que hablaba, alto y claro, de libertad y progreso.

Por eso es importante este libro de su hija Nadia. Muchas gracias.