
By Marcial Franco
En nombre de la familia y seres queridos, permítanme unas palabras que pretenden ser un homenaje de despedida a Don Juan Castellano:
Hoy ha volado al Cielo una parte entrañable de nosotros. Quizás pensemos en el Padre Juan Castellano como en alguien que padeció en la última etapa de su vida una grave pérdida de memoria; yo pienso que no. Que quienes perdimos la memoria fuímos nosotros si olvidamos que a la persona queda definida por la suma de sus etapas, acciones y actuaciones a lo largo de su existencia.
Fuímos nosotros quienes perdimos la memoria si le arrinconamos, si olvidamos quién fue realmente y no supimos ver aún en medio de la enfermedad la especial esencia de este “hombre de Dios”.
Él no se olvidó de amar hasta el último día de su vida, ni se olvidó de orientar en los caminos de la luz ni de dar buenos consejos a muchísimas personas, tanto en sus años de docencia como en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, el cual cumplió ejemplarmente hasta máximo de sus posibilidades, incluso más allá, cuando ya físicamente le fallaban las fuerzas.
Nuestro querido Padre Juan Castellano hizo honor a su nombre “Juan”, pues al igual que San Juan (apóstol y evangelista) llegó hasta el final, hasta la meta, tanto en el desempeño de sus funciones como el calvario que padeció en sus últimos días; y todo ello lo hizo de forma excepcional.
En este día corresponde agradecer a esas personas que sí veían esa esencia del Padre Juan Castellano y que propiciaron con su decisión que pudiera terminar sus días en las mejores manos; gracias D. Hipólito. Agradecer también a quienes con su entrega lo cuidaron con intenso amor –más allá del cumplimiento de su labor- como es el caso de su cuidador y amigo, Andrés, a las enfermeras de la Clínica San Roque y a las hermanas del Hogar Sacerdotal –“sus monjitas” como él decía- que tanto lo mimaron y querían, así como a sus familiares (cuñada Leonor, prima Teresa y sobrinos Valentín, Paco y Javier) y a sus grandes e íntimos amigos (sacerdotes y laicos), muchos de ellos aquí presentes. ¡Gracias a todos! en nombre de Don Juan Castellano.
En una ocasión, siendo él consciente de su situación e incapacidad y sufriendo por ello, me preguntó: ¿por qué le estaba ocurriendo a él todo esto? Yo ahora, quiero responderle a su pregunta, ya que muchas veces no comprendemos el valor y el significado del sufrimiento que padecemos nosotros o nuestros seres queridos. Creo que Dios permite el sufrimiento para el bien del alma. En el caso de los que somos “pecadores practicantes”, para purificarla, y en el caso de las personas tan buenas como el Padre Juan Castellano para la salvación de otras almas y también para propiciar un mayor grado de santidad para sí mismo. Creo que el Señor no desperdicia ese sufrimiento ofrecido sino que transforma ese intenso dolor o agonía, ahora temporal, en una recompensa eterna.
Le ha llegado el momento de su recompensa. Ahora está usted en un lugar donde las limitaciones y discapacidades desaparecen; el lugar donde los ciegos ven, los que no podían caminar, ya pueden correr, donde se recupera plenamente la memoria y donde el alma vuela libre de las penas de este mundo.
Hoy quiero decirte D. Juan Castellano ¡que coges el Cielo con la mano!, mi querido amigo, mi segundo padre, tú, con tu mirada pícara, con tus balanceos mientras cantabas en las Misas que celebrabas, con tu sencillez, con tu humildad, con tu buen hacer a largo de una fructífera vida hacías sin esfuerzo lo que otros intentan pero no logran, porque tú tenías carisma y te ganabas a la gente, sus corazones. Tú eras el descanso en medio de la tormenta; cuando el mundo nos agobiaba con sus problemas, falsedades y traiciones, uno acudía a ti y a las confesiones y charlas contigo como quien acude a un refugio; Con la seguridad de ir a ver a alguien que sabes te va a resguardar, a proteger, a dar aliento y serenidad, y siempre estabas ahí. Eras esa persona con la que uno no necesita estar en guardia, porque sabíamos que todo lo que venía de ti, era bueno.
Normalmente, cuando alguien fallece, en todos los funerales se dice que esa persona ha ido al Cielo; ninguno va nunca al purgatorio o al infierno. Pero en este caso no me cabe duda de que realmente sí que es cierto, y a partir de hoy habrá otro motivo para querer ir al Cielo; y es saber que estarás allí.
También se habla en los funerales de las excelencias de la persona como si todo lo que hubiéramos hecho en la vida fuera bueno y estuviera bien. Pues en su caso -y digo lo que creo que todos sabemos-, todo lo que hizo –al menos lo que nosotros vimos- fue bueno; y si algo se le puede reprochar, es:
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Que nos robaras a todos el corazón.
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Que todas las mujeres fueran corriendo a besuquearlo en las Eucaristías que celebraba, lo cual me daba mucha envidia.
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Que no cumpliera su palabra, cuando un día me dijo “que me quería enterrar”; y miren… así que no derramaré ni una lágrima por ti, querido amigo.
Don Juan Castellano Ramos, tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, pero has sido y eres mucho más que eso. Has sido un regalo del Cielo para todos. Has sido el modelo a imitar en la forma de ser, de hablar, de mirar, de amar y de obrar para todos los que intentamos seguir al Señor. ¡Qué Dios te tenga en Su Gloria y recibas multiplicados los frutos de todo el bien que hiciste en el mundo!.
Don Juan Castellano Ramos, fue un privilegio y un honor conocerte y ser tu amigo. Gracias.
Marcial Franco es editor y autor del blog profeciascambiodeera.blogspot.com.
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