El yen japonés cayó con fuerza su senda bajista frente al dólar después de que el Banco de Japón optara por endurecer de nuevo su política monetaria, elevando el tipo de interés oficial hasta el 1,25%, el nivel más alto en 31 años, tras un breve periodo de recuperación de la divisa en las últimas semanas después de varios meses de marcada debilidad.
Con este giro, la moneda nipona se cambiaba en el entorno de los 158 yenes por dólar, lo que implica una caída diaria cercana al 1,3%, frente a los 154 yenes por dólar que llegó a alcanzar hace apenas diez días, tras la intervención coordinada de Estados Unidos y Japón en el mercado de divisas para apuntalar al yen.
La evolución del tipo de cambio ha encendido las alarmas en Tokio ante la intensa depreciación frente al billete verde, que en julio llevó al yen a mínimos no vistos desde 1986, al superar el umbral de los 164 yenes por dólar, circunstancia que forzó la actuación conjunta del Gobierno japonés y de las autoridades estadounidenses.
En este contexto, el Ministerio de Finanzas de Japón confirmó que en agosto destinó la cifra récord de 15,4 billones de yenes (82.930 millones de euros) a operaciones en el mercado de divisas con el objetivo de sostener la cotización de la moneda japonesa.
A pesar de estas intervenciones para tratar de estabilizar el mercado, la reciente subida de tipos del Banco de Japón ha terminado reactivando la presión vendedora sobre el yen. El propio banco central ha advertido de que el encarecimiento del petróleo y la debilidad de la divisa, junto con la intensa presión procedente del sector de la Inteligencia Artificial (IA), siguen impulsando al alza el índice de precios empresariales a escala nacional.
“El mensaje transmitido se considera insuficiente en cuanto a dureza monetaria. El yen se debilitó frente al dólar estadounidense, situándose en el nivel de 158 (yenes por dólar) tras la decisión sobre los tipos. Por su parte, el mercado de bonos japonés perdió las ganancias iniciales, ya que la división en la votación del Banco de Japón genera incertidumbre sobre la respuesta del banco central ante una inflación persistente y un déficit fiscal creciente”, indicó la firma Julius Baer.

























