Monumento a la paz, en Hiroshima. (Foto Turismo Japón).

Hiroshima en silencio. Las conmemoraciones del 81 aniversario del lanzamiento de la primera bomba nuclear sobre el cielo de Japón, resuenan calladas y transitan cenizo entre todos.

Me pregunto qué habrá sido de Ushio, de aquella sonrisa que no me mostró entonces. Acaso recuerde a su abuela en soledad, como cuando lo conocí.

Quizá aquel ’Unmei no akai ito‘ que nos unió (hilo rojo del destino), permanezca aún intacto en su dedo. La tinta del mío permanece indemne, escarlata, en el mío.

Cuenta la leyenda japonesa que un hilo rojo, atado en el dedo meñique de dos personas significa que, más tarde o más temprano, ambas están destinadas a encontrase.

Supuestamente, dicho hilo rojo viene con las personas desde que nacen y jamas puede romperse o cortarse. Yo no lo sabía cuando visité Japón por vez primera, y mucho menos cuando decidimos incluir Hiroshima como parada en nuestro itinerario.

Pero así fue. Y también yo quedé sumida en el silencio más absoluto cuando tuve ante mí ‘Genbaku Domu‘, el monumento memorial más conocido de la ciudad bombardeada el 6 de agosto de 1945.

Declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1996, el único edificio que permaneció en pie. Bueno, quizá sea un eufemismo. Porque lo que se mantuvo erguido fue más bien su esqueleto. Fantasmagórico.

Y ahí sigue, tal y como quedó al caer ‘little boy’ desde la barriga del ‘Enola gay’, el avión norteamericano que sobrevoló llevando a la muerte en sus alas, destruyendo más de 12 kilómetros cuadrados del centro de la ciudad. En realidad, casi el 70% de los edificios y todo lo que había a su alrededor. La vida. La muerte.

Y quiso ese destino, ‘unmei no akai ito’, que cuando nos bajamos del ‘tren bala’ en Hiroshima, entendiera al fin qué era aquel surco rojizo que se asemejaba con más o menos intensidad en mi dedo meñique, según el lugar en el que me encontrara.

Ese día estaba de un bermejo intenso. Fue entonces cuando lo conocí. Aún no sabía su nombre y, sin embargo, ya conocía su sonrisa.

Llevaba prisa para coger su tren a Fukuyama. Pero yo nada sabía aún de todo esto. Desconocía la identidad de aquel chico que se cruzó con nosotros en la puerta de la estación central de Hiroshima. Salvo que se detuvo y dio media vuelta.

Pero supe al momento de su corazón y de nuestro destino. Me sonrió. Y yo le devolví la sonrisa. Porque brotó sola y porque era imposible no devolver una sonrisa a un rostro tan amigable.

Se llamaba Ushio (nos lo dijo al momento). Padecía una cojera que le obligaba a dar los pasos dos veces más largos de lo normal con el pie sano.

Pero parecía no pesarle en absoluto, al menos en su rostro, porque su cuerpo sí que acusaba el esfuerzo. Lo supe, y con certeza, porque caminamos juntos a lo largo de 200 metros, quizá un poco más, hasta la parada del bus que nos llevaría hasta el ‘Parque de la Paz’.

Y fueron los más lentamente recorridos de todo mi primer viaje a Japón. Pero también fueron los más largos, porque se trató de los más intensos y profundos de un itinerario que, de repente, tornó en blanco y negro. Se oscureció como cuando entras en un túnel, que sólo soportas porque sabes que hay luz al final de él.

Resultó que Ushio era nieto de uno de esos ‘hibakushas’ (literalmente, significa superviviente de los bombardeos nucleares).

Su abuela había muerto sepultada aquel 6 de agosto, después de haber visto el destello de la bomba atómica desde el campo aquella mañana. Pero su abuelo sobrevivió. Y caminó sobre el calor de la tierra entre los que deambulaban quemados como fantasmas entre cenizas.

El relato de Ushio demostraba que sus descendientes siguen caminando aún sobre el recuerdo de esas cenizas. Hay recuerdos que te comen la carne por dentro aún antes de nacer.

Sentados para ese tramo más de la historia, me despedí de Ushio desde la ventanilla. Y entonces sí, vi el hilo rojo en el meñique de su mano que agitaba como despedida. El destino, claro.

Ushio puso rumbo de nuevo a la estación de trenes, con prisas. Bueno, todas la que le permitía su cojera, que. A la menor carrera ponía en riesgo su equilibrio.

Aún así, Ushio sonreía. Yo guardé silencio hasta llegar a la parada del ‘Genabaku Domu’, hoy Parque de la Paz. Hoy son unas ruinas fantasmagóricas que se mantienen grises, como el cielo e aquella tarde en aquel preciso momento.

Presidiendo todo el verde de esta zona ajardinada dedicada a la paz. Para que nadie olvide. Nadie podría, en realidad… 140.000 Fallecidos en apenas segundos, son demasiados muertos como para que sus almas no queden almacenadas en la memoria de cualquiera.

Nadie conoce con exactitud la longitud de ese hilo, el de ‘unmei no akai ito’. Pero sí que su color es el rojo. Y también que el alma de Ushio sonríe siempre, aunque su rostro no lo vea. Porque Hiroshima, en realidad, no guarda silencio.

NR: Nadia Jiménez publicó este artículo en Espiral21 el 6 de agosto de 2020.