
Fellini a un siglo de su nacimiento, 100 años de ese primer llanto que hizo temblar el mundo del séptimo arte, tanto como el cimbreo de las caderas de ‘la Saraghina’.
Cambió la costa del Adriático por la del Mediterráneo y llegó a la ‘ciudad eterna‘ a los 18 años, con sus viñetas cargadas de sueños bajo el brazo y todo el aroma del mar de Rimini en las comisuras de sus labios. Dispuesto a narrar una nueva historia para Roma.
Y ya no la abandonaría. Allí encontró su verdadera patria y el hogar para toda la ensoñación más ‘felliniana’. Toda esa magia visual de sus desbordantes recuerdos.
Bueno, en Roma y a las afueras de la ‘sempiterna’, en sus queridos estudios de Cinecittà. Más concretamente, en el salón del Teatro número 5.
Una ‘dolce vita’ que iba desde la calle Margutta hasta el final de la vía Tuscolana. Era en Margutta donde latía el corazón del hombre junto a Giulietta Massina.
(Porque eran sus noches las de Cabiria y su mirada la de ‘la Strada’, sin duda).

Y en Tuscolana, que era el espacio físico que aguardaba el mundo imaginario, pero lleno del neorrealismo italiano más nostálgico de Fellini. Y a su poesía. En definitiva, al genio más onírico para rodar…
Así fue hasta la última obra juntos, ‘Ginger y Fred’. En el extremo de la línea A del metro romano, la última parada de su línea roja.
Porque Cinecittà está en el lado opuesto de la parada de Ottaviano… Y no es paradoja. Todo el voluptuoso derroche ‘felliniano’ en el extremo contrario de la represión religiosa del Vaticano.
Y sin quererlo, con ‘la rumba’ de la Saraguina resonando en mi cabeza (‘Otto e mezzo’, ‘8 1/2’), volví a ver pasar a la Princesa Lherimia, perfecta en el papel que Federico Fellini soñó para Pina Bausch (‘E la nave va’).
Imágenes mágicas que las películas del maestro Fellini hilvanaban de forma brillante, cuyo tema no era otro que la condición humana. Eso sí, llenos de todas las emociones y sentimientos que dominan el día a día de cualquiera.
Pues si algo queda claro del universo felliniano (término oficialmente recogido por el diccionario italiano de la lengua), es que para Federico Fellini no había nada más valioso que todo cuanto el ser humano porta en su interior.
La experiencia de la vida como primer y último secreto para ser feliz. La propia vida como viaje. Y la nave va, no hay otra…
Cuando Arthur Kopit y Maury Yeston estrenaron el musical teatral de ‘Nine’ en 1982, nada menos que el propio Fellini dio su aprobación al espectáculo de los ochenta, aunque pidió que no llevara el mismo título de su maravillosa película, “Otto e mezzo” (1963).
El retrato de su protagonista no dejaba lugar a dudas. Se trataba de un Federico Fellini en la sombra, un verdadero autorretrato (encubierto, dicen), que bajo el nombre de Guido, hacía repaso de su vida, y de todas aquellas mujeres a las que amó. Un balance que empieza y acaba en su propia madre
Pero, inevitablemente, pasa por ella… Y Ella es Saraghina, carnal y sexual, el oráculo femenino del placer, presente en la vida de Fellini desde su más pícara infancia y artífice de su temprano despertar al sexo.
La primera mujer, desde aquella orilla del mar, en el blanco y negro de sus italianos recuerdos, llenos de la curiosidad infantil pero en los que también asomaba ya la malicia del hombre en el que habría de convertirse.
Surge la fabulosa Saraghina, diosa de la vida y del amor, fresca, lozana. Pero sobre todo, auténtica y absolutamente sensual. Y en ese descubrimiento, ante los ojos de aquellos niños, el verbo se hizo carne. Cantó y bailó… ‘La rumba’.
Mostrando todo su esplendor, desbordante, Saraghina mueve sus caderas en la playa de Rimini, de donde era Fellini. Es esa memoria que acompaña al Maestro, del séptimo Arte como de la vida. Inmensa y voluptuosa, un delirio de sensaciones. El puro objeto del deseo.
Delirio y sueño. Porque Saraghina fue real en su vida. Sí, existió. El propio Federico lo confesó…
El que fuera su símbolo sexual de la represión religiosa de la época, era una prostituta de Rimini que se acostaba en la playa con los marineros a cambio de algo de comida. Y su olor era el del mar, pero también el del tabaco de aquellos hombres y el de la gasolina de sus pequeñas embarcaciones.
Hace ya mucho que Ella dejó de ser prostituta para convertirse en inspiración de toda una existencia, en carnal justificación de cualquier pecado. En el mejor renglón de toda una narración en el cine y en la mirada del alma del gran cineasta. “¡Saraghina, la rumba!”… Fellini, prego, la rumba.
























