Una iglesia pobre para los pobres y una Iglesia que navegue y resida en la periferia. Francisco tenía un sueño y, en cierta medida, lo vio cumplido con reformas litúrgicas (su propio funeral, por ejemplo) y organizativas introducidas en su ministerio petrino, de 2013 a 2025, en sustitución de Benedicto XVI.
No por esperado, el fallecimiento del Padre Jorge ha generado un hondo sentir tanto en la comunidad cristiana como en la pagana. Su activismo social fortaleció la credibilidad y confianza de la Santa Sede, muy mermada por escándalos de presunta corrupción financiera y, sobre todo, de abusos sexuales a menores.
Para ambos casos, Francisco (con el apoyo de su antecesor), aplicó el principio de tolerancia cero, procurando incluso la derivación de los pleitos a la vía penal extracanóniga, de manera que el perdón se legitima siempre cuando persevera el castigo.
Francisco abrió fronteras y expandió la acción de la Iglesia a los confines de África, Asia y Oceanía, los tres continentes que pueden paliar en las próximas décadas otros de los déficits de Europa en la cantera de sacerdotes.
El pontífice jesuita intervino en casi todos los conflictos internacionales, apelando a la paz, la mediación, el diálogo y la eliminación del negocio armamentístico. Abrió puertas hacia el proceso de convergencia ecuménica y jamás se dio por vencido frente a la pobreza y el abuso del poder en todas sus manifestaciones.
Se ha ido un Papa con mayúsculas que devuelve la alegría a este mundo sombrío y desmotivado, sin perder de vista que, tras el Concilio de Juan XXIII, los pontífices siguientes han logrado algo que sólo se explica por vía espiritual, a través de un esfuerzo común basado en la renovación de las estructuras para desapegar a la Iglesia de una endogamia oficial soportada durante siglos.



























