Rescate desde las escalinatas del muelle de La Restinga, de algunos de los migrantes accidentados tras escorar el cayuco de Conakry. (Foto RTVE).

(No es Ward Jalal entre llamas, no vive en Gaza). Y las lágrimas cayeron, saladas, por las mejillas de todos, los muertos y los vivos que observaban. Parece que si no te lo fotografía Sebastião Salgado o no te lo premia la World Press Photo… No ha ocurrido. Pero está sucediendo a diario.

Parece que las víctimas de un drama sin banderas que jalear en una manifestación, son menos víctimas… Normalizamos en esta sociedad distrófica todo cuanto sea necesario hasta el punto de la invisibilidad. Y poco importa si confundimos Malí con Senegal o Guinea-Conakry.

Sentados en el sillón vemos las escenas de la muerte en directo y asistimos a cómo la locutora para el canal internacional de TVE (es decir, para todos), aclara que “para quienes no lo entiendan, aunque estén tan cerca, ellos no saben nadar” (Muchos de estos “individuos”, los llama).

Y es, justamente allí, en el territorio peninsular donde no entienden la orografía de nuestra costa, que puedes estar a dos metros de tierra firme y no hacer pie… “Allá lejos en los despachos, donde no se entiende el drama”. Como dice el presidente canario Fernando Clavijo.

Al mismo tiempo que discurría la audiencia del Papa de los miércoles, que transcurre en la mañana, volcaba el cayuco de dos niveles que llegaba a la isla de El Hierro (doble de gente, pues)… ¿Habrá ya una canción para el león en África?, me preguntaba yo entonces, al recordar cómo le pregunté a León XIV si “vendría a Canarias”, durante el encuentro con periodistas en el mismo salón dos semanas atrás.

Siete mujeres muertas y tres de ellas, niñas (dos de tan sólo 5 años). Esta vez, el cayuco venía de Guinea-Conakry, pero quién lo ubica correctamente en el mapa de África, puesto siempre a contraluz del mundo… Y allá afuera, desde la incertidumbre, quién les devolverá sus almas mojadas.

Adama y Mami buscaban el mundo, como tantos otros, pero madre e hija llegaron sólo hasta su frontera sur, y resultó que era una isla. Con previsible esperanza de vida corta, murieron a tan sólo medio metro del muelle de La Restinga. Destino compartido a las puertas del cementerio herreño como final a una travesía de sueños.

También Fatumata, de 12 años y anhelos ya de la jovencita que se asomaba a la vida. Ahora, aún huele a mar a los pies de su tumba,  de ése que se percibe en el fondo, azul casi negro. A sal, en realidad (de la mar salada), y quizá también a combustible del derramado en el agua… Pero no a la sal de la vida, no, sino a la que acabó con ella.

Lamentablemente, quiso la ironía del destino que sucediese a la mañana siguiente de que la delegación de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior (LIBE) del Parlamento Europeo, hubiese partido ya. Estaban de visita en la isla de El Hierro para conocer el impacto de la ruta Atlántica en el Archipiélago, la que se ha convertido ya en la más peligrosa del mundo.

Tristeza al contar el mismo relato, una vez tras otra, de aquellos que parten sedientos, se embarcan sedientos y mueren sedientos. No abandonan su sueño salvo para bebérselo y convertirse en retazos de sus propias vidas. De nuevo, la muerte sabe a sal en Canarias (Tierra aún llamada a la insurrección).