Maggie Cheung y Tony Leung Chiu-wai, una pareja que pasa a la historia del cine de amor.

¿Bailas? Y suena el compás del 3 por 4… Ese vals en secuencia continúa que espera el amor en cada subida y bajada de aquella escalera compartida, de tu ida y de mi vuelta. Yo subo y tú bajas…. Deseando amar, no más. Flota el deseo en el aire como el humo del cigarrillo de él, mientras ella lleva la fiambrera de la comida en la mano.

Y es que 20 años después de “In the Mood for Love” o, lo que es lo mismo, “Deseando amar”, de Wong Kar-wai. “Fa yeung nin wa”, si lo prefieres o su aún aguardas aquel encuentro entre Maggie Cheung y Tony Leung Chiu-wai.

Después de todo, entre las muchas cosas que la pandemia nos robó está el 20 aniversario del ‘en amando’, ‘te aguardo’ y ‘te ansío’. En definitiva, del ‘no amor’ mejor representado en unas escaleras del Hong-Kong de los años 50. Te pienso.

Pero sucedió en Cannes para el mundo (como tantas otras cosas), que conocimos ese otro cine hongkonés. Y retrató el deseo como jamás nadie lo había hecho hasta ese momento.

Y el vacío que deja no saciarlo. Pero que, en realidad, lo llena todo… Hasta rebosar la propia piel, poro por poro, palmo a palmo. Desciende lentamente por la nuca como mismo moja los labios, que permanecen entreabiertos. A la espera.

Tórrida y apasionada, pese a no tener una sola escena de sexo, “In the Mood for Love” lleva 22 años ya exhalando el mejor cine de Wong Kar-wai, excitando el deseo no satisfecho y llevándonos de vuelta a todas las expectativas del año 2000… Al inicio de aquellas escaleras, de algo más.

Y no es fácil hacer de un vals algo tan sensual (no es ‘rhythm and blues’), como sucede en “Deseando Amar’. La verdad es que te basta sólo escuchar la música, aún antes del ligero roce que protagoniza el mero cruce en las escaleras, para humedecer cualquier instinto.

Maggie Cheung, en su interpretación magistral de ‘Deseando amar’.

Tan sólo deseas que el siguiente fotograma corone esa escalera de vaivenes. Pero Wong Kar-wai juega con ese deseo que se queda sólo en preliminares. Ni siquiera eso, aunque lo parezca, a veces.

Pero sientes la caricia, todo el tiempo. Y la línea de tu imaginación dibuja cada cálida curva de los maravillosos kimonos de Maggie Cheung (‘qipaos’, en verdad, aunque en Occidente los llamemos a todos por igual), inmensamente elegante por los callejones de aquel Shanghái.

Secretos y mentiras, pero sobre todo, deseos. Sólo dos personajes y para qué más, en realidad. Pasamos toda la película espiándolos, desde atrás… Por la espalda o desde sus reflejos en espejos indiscretos o descuidadas ventanas.

Hasta que ya no pueden más. Sólo entonces, el tiempo transcurrido nos lleva hasta ese muro en el que, según la tradición, el señor Chow desahoga su anhelo más íntimo en el hueco de un árbol, que luego cubre con barro. En Singapur, adonde la Señora Chang no lo acompañó.

Quizá por segunda vez, se vacía… Quizá, tal y como canta la voz de Nat King Cole, presente también en la maravillosa banda sonora. Wong Kar-wai juega hasta el final y nos deja a nosotros ahora el deseo vivo de si tuvo lugar el encuentro o no.

Lo cierto es que no hay preliminar como un no, para ansiar más que nunca el sí. Quizá. Es Wong Kar-wai y su cine de distancias cortas, de esa piel que suda en directo ante espejos desconchados de naturalidad. Insuperable.