
Costaleros del Cristo de la Salud y de la Virgen La Esperanza dejaron de procesionar como consecuencia de una de las lluvias más intensas de los últimos días en la capital grancanaria.
Los actos vespertinos del domingo de Ramos quedaron suspendidos en medio del recorrido por el palo de agua en Vegueta, en una de las procesiones más vistosas de la Semana Santa. El obispo, José Mazuelos, y el canciller, Eloy Santiago, también acabaron empapados junto a las autoridades civiles, militares y judiciales que acompañan este tipo de eventos.
Pasadas las ocho de la tarde, cuando los dos tronos estaban en la calle y el Cristo se aproximaba al Museo Canario, el cielo amenazó con dejar uno de los muchos chubascos que recorrieron este domingo parte de la isla, como Puerto Rico, Ingenio o Tafira.
El Cristo de la Salud sufrió de forma más intensa las inclemencias del tiempo. Los costaleros, convertidos en héroes anónimos de una devoción que se paga con sudor y esfuerzo, se vieron obligados a parar la procesión y encaramarse en lo alto del trono para cubrir con chubasquero de color rojo la imagen del redentor.

La pericia y valentía de los costaleros quedó patente. En pocos minutos, se dieron la vuelta junto a las decenas de capuchinos, soldados del Canarias 50, hermandades, cofradías y las dos bandas de tambores y vientos incorporadas a los pasos, junto a un numeroso público (unas 2.000 personas) en una de las jornadas más concurridas de los últimos años en la ciudad, igual que los actos matutinos de San Telmo con el Señor en la Burrita.
La Esperanza corrió mejor suerte porque la virgen procesiona bajo palio, pero su manto de terciopelo es tan grande que se sale del trono. De nuevo, el oficio de los costaleros y los recursos de última hora; la cola se tapó con una extensa bolsa de plástico que permitió salvaguardarla.

Lío en la Iglesia
Los dos tronos retornaron a la iglesia hacia las 20.20 horas, cuando llevaban más de una hora de recorrido entre paradas, levantamientos, saetas, folias y muchos aplausos y flores desde ventanas y balcones. Lo que parecía un corrillo en el atrio de Santo Domingo se convirtió en una algarabía de las que apenas se tiene constancia.
Los asistentes a la procesión entraron como un rayo que no cesa en la iglesia, mojados hasta las trancas. Cientos de personas se dispersarn por toda la iglesia hasta ocupar incluso los bandos superiores del Coro. Abrían paraguas; se quitaban rebecas y abrigos; se alisaban el peso y cogían resuello. La Casa de Dios. La Casa de Betania. Nunca antes la Misa de domingo a las ocho había convocado a tanta gente. Hasta Eloy Sntiago entraba con la cabeza y la sotana mojadas, mientras que Mazuelos, por su parte, decidió ir hacia la Catedral igual de enchumbado, con un ligero solideo púrpura en su coronilla.
José Domínguez, uno de los curas más carismáticos de la Diócesis, oficiaba la lituriga y ya poco importaba que se pidiera silencio por el micrófono. El lío estaba montado y la Misa, suspendida momentánemanete. Hermandades y costaleros maniobraron con una destreza ejemplar. «Abran paso, dejen hueco que el Cristo no lleva paraguas«, gritaba con angustia una cofrade para abrir paso al trono.
La frustración empezó a extenderse cuando la virgen entró a los pocos minutos. Pasaban las ocho y media y lo que se presentaba como una procesión de cinco horas quedó reducida a una escasa. Lágrimas, abrazos y mucha pena. La mayoría se entrena durante todo el año para soportar hasta una tonelada de peso. Pero como expresó José Domínguez cuando se recuperó la Misa, la Providencia tiene la última palabra: «Las personas proponen y Dios dispone«.

Fue imposible seguir la Misa en silencio, pero, de nuevo, ya poco importaba. Los costaleros y costaleras (cada vez participan más mujeres), salían y entraban de los salones contiguos; los hermanos mayores mostraban nerviosismo; los portaestandartes se agolpaban en el segundo ábside y los llantos resultaban emotivos, como los arrorrós.
Sólo en el instante de elevar al Cáliz, José Domínguez imploró al público que respetara el único momento del Catolicismo en que Jesús, «invisible, está presente. Esto no es una imagen«, subrayó con tono aleccionador. Hasta el cofrade mayor pidió que abandonaran el templo los que no participaran en la Misa. Las conversaciones siguieron. Posiblemente, la tensión pudo más que el pudor.
La imagen más aplaudida en el interior de la parroquia se dirigió, de nuevo, a los costaleros. Uno se subió al trono para desubrir al Cristo como alegoría de que la Fe «es tener la plena seguridad de recibir aquello que se espera; es estar convencidos de la realidad de las cosas que no vemos» (Hebreos, 11,1).



























