Ciberataque en una recreación virtual de un pirata.

La guerra invisible acaba de declararse oficialmente a escala mundial por el ataque masivo que sufren decenas de países y miles de instituciones, empresas y hogares.

Que los registros de la Propiedad de Canarias cancelaran este viernes sus operaciones, como medida cautelar ante la viralidad de la pandemia informática, acredita la trascendencia de lo que está en juego.

Por ahora, el Gobierno canario y las empresas de transporte como Binter, Armas y Fred. Olsen, indispensable para nuestro bienestar, trabajan con normalidad, pero ni debemos relajar la seguridad y, mucho menos, subestimar la acción global de lo que está ocurriendo en la mitad del planeta, con economías desarrolladas en el punto de mira.

En Reino Unido cundió el pánico con 14 hospitales de la red pública afectados. Las ambulancias desaparecieron del radar informático ante la impotencia de los operadores y técnicos.

Los piratas se han cebado con un abordaje sorpresa que se viene larvando hace años pero que la ciudadanía, por comodidad, pereza o indolencia, no ha querido ver.

Es una guerra real, sin balas, pero guerra al fin y al cabo.

El status quo del que gozamos, sobre todo, en Occidente, es ilusorio y este viernes marca el comienzo de una crónica negra que tambalea nuestro suelo.

Todo ha cambiado de la mañana a la noche y empresas como Telefónica, Vodafone, Iberdrola, Indra o Gas Natural (que cotizan en Bolsa) ven cómo su vulnerabilidad es palmaria.

El radicalismo exacerbado puede provenir desde las montañas de Afganistán hasta un modesto piso franco en las afueras de Pekín o en el Norte de Nigeria. En esta ocasión, además, no podemos reprochar nada a los rusos porque hasta el Ministerio del Interior de Moscú se vio alcanzado por los balazos virtuales.

Y si entramos en la darknet (la zona oscura de Internet), entonces sí que es verdad que es mejor confesarse antes que comprar un billete para la eterna pesadilla.

Que nadie se llame a engaño porque hemos basado todo nuestro sistema de confort en el desarrollo de las tecnologías olvidando que las corporaciones ocultas que operan en esa zona oscura, carecen de escrúpulos, normas, misiones y valores.

Quizá valga como reflexión ética el informe de Naciones Unidas sobre los 20 millones de personas que morirán de hambre en el próximo año en Yemen, Sudán del Sur, Nigeria y Somalia. Esos 20 millones de personas jamás sabrán lo que es un click, un móvil o un wifi.