Ara Malikian, uno de los protagonistas culturales del año.

2020… Fue el año de los bailarines del Bolshoi desde sus casas, algunos incluso sobre la nieve, de conciertos en las azoteas y canciones en ‘streaming’. De ópera en pijama o presentaciones de libros ‘de cintura para arriba’ y en calcetines…

Fue el año en el que Cannes hubo de prescindir de alfombra roja y Venecia, en su Biennale, no vio llegar a las estrellas en góndola… No circulaban y punto.

Mudos quedaron la Scala de Milán o la Maison de la Danse, sin su Biennale ni escaparate para lo último de la danza en el mundo (siempre en año par).

Pero también fue el año que Ara Malikian despidió presentando nuevo disco en el aeropuerto de Madrid (‘Petit Garaje’), en el que descubrimos a los ‘Stay Homas’ y los ‘Masaka kids Africana’. Y que su casa de acogida necesitaba del baile de todo el mundo para seguir subsistiendo.

Porque tocó silencio en los escenarios y ‘taconeo‘ ante el Congreso de los Diputados, como el de los bailarines de flamenco en un ‘quejío sentío‘ por tanto tiempo de sequía en tanto ‘tablao‘.

Y fue también el año del ‘fotoperiodismo’ por excelencia, más que nunca y desde todas partes. Agradecimos las tan maldecidas redes sociales por hacerse eco de tantas imágenes y, sin movernos de casa, nos subimos a más trenes que nunca…

Porque el andén estaba en el salón de casa, pero eso era común a todos. Además, y aunque nos quede ya tan lejos, un coreano alzó el Óscar a la mejor película y mejor director en el 2020… Fue el año de ‘Parásitos’, ¿recuerdas a Bong Joon-Ho?

Y en el que descubrimos que la belleza de Bulgaria era uno de los secretos mejor guardados de Europa, pero nos lo tuvo que confirmar la Unesco con su Patrimonio de la Humanidad.

Igual pasó con el ‘chamamé’ argentino, que en el 2020 logró entrar en el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Una danza del norte del extenso país, más concretamente en la provincia de Corrientes, que se baila abrazados y al son del acordeón (también las guitarras).

Cultura tradicional del pueblo guaraní se sirve de su lengua y su religión para esta musical expresión con la que se te van los pies, sin remedio. El ‘chamamé’ argentino esconde un canto a lo esencial de la Vida y la Madre Tierra.

Nace del amor a la naturaleza y hunde sus raíces en las canciones religiosas de las tribus de los guaraníes más ancestrales y espirituales. Durante su desarrollo, entonan siempre el grito del “¡Sapucay!” (Sapukái en guaraní), así llamado por los ‘chamameceros’, y que puede alcanzar los 30 segundos en la voz de los gauchos.

Quizá conectados, en esta cuarentena de la cultura, todos hayamos vuelto un poco más las miradas aquí, al interior y a lo casero.