Hiroshima, la ciudad callada 72 años tras la bomba atómica

Cuando llegamos a Hiroshima me encontré con una ciudad moderna (totalmente nueva, claro), de trazado lineal y amplio. Una gran avenida se extendía ante mí, inmóvil aún a la entrada de la estación de trenes. Paralizada quizá por la historia, por el peso de lo allí sucedido.

Hiroshima, mon amour. El título de la famosa película, determinante en el cine de la ‘nouvelle vague’ francesa, basculaba entre la memoria y el olvido a través de una profunda conversación desarrollada entre una pareja franco-japonesa.

Pero cuál es, exactamente, el equilibrio entre la memoria y el olvido… En qué momento el poder de la memoria deja paso al bálsamo del olvido. En qué momento el olvido abre el canal de la curación respetando el espacio de la memoria para no dañar la certeza del ser…

Y, sobre todo, si acaso fuera posible lograrlo plenamente, ¿puede una sonrisa secar las lágrimas que aún no han brotado? Dicen que cuando alguien vuelve a sonreír después de un trauma, es señal de que ya ha superado su sufrimiento. Pero el rostro sonríe cuando el alma no lo ve. Y viceversa.

Quien así habla, con ligereza, no ha visitado Japón. Ni se ha cruzado con una ‘maiko’, cuyos sueños penden del largo de su ‘obi’, que aguarda ser anudado cuando llegue a ‘geisha’. No ha comprobado que el rostro jamás habla en nombre del corazón (Quizá éste no haya vuelto a hablar después de 70 años).

La gente no habla en el metro

La gente no habla en el metro de Japón. Y ahora pienso que quizá la circunstancia de estar bajo tierra, guarde relación con este hecho. Algo silenciosamente contundente para el visitante. Pero todo cambia fuera, al aire libre. Bajo el cielo limpio.

Cuando llegamos a Hiroshima me encontré con una ciudad moderna (totalmente nueva, claro), de trazado lineal y amplio. Una gran avenida se extendía ante mí, inmóvil aún a la entrada de la estación de trenes. Paralizada quizá por la historia, por el peso de lo allí sucedido.

Ushio me miró solícito antes de entrar y se detuvo, en vez de cruzar la puerta de cristal de la estación. Aún no sabía su nombre y, sin embargo, ya conocía su sonrisa. Llevaba prisa para coger su tren a Fukuyama. Pero yo nada sabía aún de todo esto. Salvo que se detuvo y dio media vuelta.

Y al hacerlo, me percaté de la fuerte cojera que padecía. Le obligaba a dar los pasos dos veces más largos de lo normal con el pie sano. Y el balanceo de su cuerpo era tan oscilante, que casi podía sentir su esfuerzo al caminar.

Hiroshima, con uno de sus tranvías más conocidos. (Foto Creative Commons).

Enseguida intuyó lo que hacía allí…qué quería ver. Hablaba muy poco inglés, pero lo suficiente para brindarse a acompañarme hasta la parada del bus que me llevaría hasta la Cúpula de la bomba atómica de Hiroshima o ‘Genbaku Domu’.

Caminamos juntos a lo largo de unos 200 metros y, con certeza, fueron los más lentamente recorridos de todo mi primer viaje a Japón. Pero también fueron los más largos, los más intensos y profundos de un itinerario que, de repente, se tornó en blanco y negro.

Ushio, su amabilidad y su historia

Ushio cogería el próximo tren, o el siguiente, quién sabe. A pesar de aquella cojera que lo retrasaba frente al resto, decidió regalarme su amabilidad y su historia. Y con ellas, su esfuerzo y, lo que es más importante, su memoria.

La abuela de Ushio había muerto sepultada aquel 6 de agosto, pero su abuelo le había contado tantas veces la historia, que era como si él mismo hubiese visto el destello desde el campo aquella mañana.

Como si él mismo hubiese sentido el calor de la tierra y caminado (sin cojera), entre los que deambulaban quemados como fantasmas entre cenizas.

Como si él mismo fuera uno de aquellos ‘hibakushas’ (literalmente, significa superviviente de los bombardeos nucleares). Esperó hasta que yo subiera al bus y le dio las indicaciones al chófer para que me avisara en qué parada bajar.

Volvió a sonreírme mientras agitaba levemente la mano. A través de la ventanilla, vi a Ushio marcharse con prisa, abusando del mermado equilibrio de su cojera.

Hiroshima, con Genbaku Domu como icono de la bomba atómica. (Fotografía bajo licencia de Creative Commons).

En absoluto silencio, llegué a ‘Genbaku Domu‘, el monumento memorial más conocido de la ciudad bombardeada el 6 de agosto de 1945, declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1996.

Es el único edificio que permanece tal y como quedó al caer ‘little boy’ desde la barriga del ‘Enola gay’, destruyendo más de 12 kilómetros cuadrados del centro de la ciudad, casi el 70% de los edificios y todo lo que había a su alrededor.

Antes de ser arrasado, servía a la Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. Hoy son unas ruinas fantasmagóricas que se mantienen grises, presidiendo el Parque de la paz. Para que nadie olvide. Y quién podría… 140.000 muertos en apenas segundos.

Una gran bola de fuego

La bomba atómica provocó una bola de fuego de más de 250 metros de diámetro que lo arrasó todo, o casi todo. Ushio sonríe. Pero yo guardé silencio durante casi el resto de la tarde.

Recordé las mil grullas de ‘origami de Sadako Sasaki. Ella sólo consiguió plegar 644 de esas grullas de papel. Sadako murió el 25 de octubre de 1955 a los 12 años de edad, tras un año y dos meses en el hospital.

La leucemia que se comió su cuerpo por dentro tras la radiactividad de aquel día, se encargó de que le faltaran 356 grullas para llegar al millar. Su familia y compañeros del colegio se encargaron de confeccionarlas en su nombre, y hoy es una leyenda en Japón (y fuera de él).

Quizá la abuela de Ushio logró plegar 1.000 grullas de papel con los colores del arco iris…Y por eso Ushio sonríe mientras cojea y espera el próximo tren. Eso no me lo dijo.

A final de agosto de 2015, los habitantes de Hiroshima viajaron en el vagón 653 del tranvía que circulaba entonces por la ciudad. Recuperado por la municipalidad y con sus colores originales (azul y gris), recorrió  de nuevo Hiroshima y todos pudieron subirse a él. Dentro vieron y escucharon los testimonios de los ‘hibakushas’ o supervivientes en vídeo.

Quizá Ushio tomó también aquel tranvía y su alma sonrió cuando su rostro no lo veía. Quisiera pensar que sí, que Hiroshima, en realidad, no guarda silencio.