‘Cristales rotos’ en Europa: ¿vuelve el antisemitismo?

Desde el año 2000, más de 50.000 judíos han sentido la necesidad de abandonar Francia. "A veces la Historia amenaza con retomar el trágico curso de su historia”, advirtió Emmanuel Macron, durante los actos de conmemoración del centenario del armisticio de la Primera Guerra Mundial

Cristales rotos‘ en el suelo. Cristales rotos en todas las habitaciones. Hoy también llovía en Dinslaken, Alemania. Han pasado 80 años y vuelve a llover.

La temperatura ni rozaba los 10º al despuntar la mañana pero por entonces, quién sabe… Quizá menos. Por aquellos tiempos no había calentamiento del planeta ni nadie hablaba del cambio climático. Sí, quizá hiciese más frío entonces, con certeza.

En cualquier caso, una mañana lo suficientemente fría como para salir sin abrigos ni gorros que les protegieran de la lluvia. Pero así son las huidas, rara vez lo urgente deja espacio para lo importante.

Eran 32 los niños que moraban en el orfanato judío de Dinslaken, Alemania. Demasiado temprano para salir al patio a jugar. Demasiado temprano para salir, sin más.

A veces la Historia amenaza con retomar el trágico curso de su historia” (Macron, durante los actos de conmemoración del centenario del armisticio de la Primera Guerra Mundial, en la reunión de París). Y así es, no sólo lo parece.

Ese trágico curso ha sido ya retomado. Acaso no se abandonó del todo jamás, quién sabe… Y no miremos hacia el otro lado del Atlántico, en referencia a lo sucedido recientemente en Pittsburgh. No salgamos de la vieja Europa para palpar ese mismo antisemitismo. No hace falta.

Desde el año 2000, más de 50.000 judíos han sentido la necesidad de abandonar Francia. Sin duda, tendrá algo que ver con el aumento de los actos antisemitas.

Pero… ¡¿Cómo puede estar repitiéndose algo así otra vez?!

Desde 2016 éstos se han visto incrementados en un 20% y hasta casi la mitad de las acciones violentas registradas en Francia (40%), por motivos raciales o de religión, son contra los judíos, pese a que representan sólo un uno por ciento de la población del país galo.

¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando que no hubiera sucedido ya antes? Debiera ser ésa la pregunta

Cuando hojeas las páginas del libro de registros de judíos deportados, que se encuentra en el Museo de la Deportación y de la Resistencia francesas en Lyon… Cuando repasas, uno a uno, los apellidos en orden alfabético y te percatas de su casi interminable extensión…

Cuando hallas similitudes inesperadas y decides acudir directamente a una letra, palpas de propia mano la inmensa dimensión de tal tragedia humana, premeditada y calculada, que fue el Holocausto judío.

Aquella lluviosa mañana del 10 de noviembre de 1938 en Dinslaken, como en tantas otras ciudades por toda Alemania, la tierra se abrió en dos para Yosef y sus hermanos Meir-Max y Baruch (el único que sobreviviría al final a toda su familia).

Ya nadie le llamaría ‘Yoyó’, a Yosef, como quizá le dijera su madre… ¿Cómo podría responder por Yoyó un niño que ha perdido su infancia? Los 32 salieron corriendo como pudieron, con lo puesto, y durante días fue la paja de un establo lo que les calentó.

El pogromo de la jornada de los ‘cristales rotos’ (del ruso ‘pogrom’), arrasó con el orfanato, la sinagoga, todos los establecimientos y hasta el cementerio de los judíos de Dinslaken.

La historia de Yosef y Baruch es protagonista de una exposición estos días en el Museo de Yad Vashem de Jerusalén (Centro para el Recuerdo del Holocausto Mundial). Y, sin lugar a dudas, uno de los lugares más tristes sobre la tierra, espejo de toda la desesperanza a la que puede abocar el terror humano.

Yoyó’… Su historia no es distinta a la de los millones de judíos que fueron exterminados a manos del nazismo, pero a diferencia de otras, tiene un registro fotográfico.

Museo de la Shoah de París, miles de fotos empapelan las paredes de salas enteras con los rostros de los judíos exterminados.

Museo de la Shoah de París, miles de fotos empapelan las paredes de salas enteras con los rostros de los judíos exterminados.

Tiene una huella que ha dejado rastro. En general, uno mayor del que pensábamos. Porque más allá del extermino o ‘Soah’, y de la imposibilidad para restablecerse como antes por parte de los supervivientes que decidieron permanecer en Europa. (Muchos jamás pudieron volver a sus casas ya ocupadas por otros)… Parece que ha dejado  un rastro indeseable.

Imprevisible, diríamos, que seguía ahí. ¿Larvado? Un sentimiento de rechazo inadmisible para cualquier sociedad y, desde luego, para toda la humanidad.

En marzo de este mismo año, Mireille Knoll, una superviviente del Holocausto de 85 años, paradójicamente, moría asesinada en su apartamento de París por ese mismo sentimiento antisemita.

Existe, sí. Increíble, por supuesto. Y Mireille lo sabe bien. Bueno, lo sabía. Ahora su nombre es sólo una certeza de cuanto Mireille temió con tiempo de antelación, cuando le escupían por la calle. Sí, en Francia.

Sólo el 10% de los judíos que vivían en Alemania emigraron entre 1933 y 1934. En realidad, todos aquellos que no lo hicieron antes de finales de 1937, ya no pudieron partir (al menos, no de manera visible), puesto que a toda la comunidad hebrea le fue confiscado el pasaporte para ese entonces.

Quién hubiera dicho jamás que en una sola noche se podría retroceder de la modernidad al medievo y sus hogueras. Pero así fue. Cuando aconteció la  Kristallnacht’, la Noche de los Cristales Rotos, ya no hubo vuelta atrás. La humanidad perdió su condición.

¿Y hoy, aún la conserva? Este verano, miles de personas se manifestaron en París para protestar por este preocupante resurgir de semejante sentimiento en la sociedad francesa, a raíz del asesinato de Mireille. Como si fueran pedazos de aquellos ‘cristales rotos’.

Una cosa está clara, el parisino distrito 17, con sus 15 sinagogas y sus centenares de restaurantes ‘kosher’, no puede pasar de refugio de la vida judía a ‘guetto’. Otra vez, no. No en la capital de la luz, no en Europa.